Previo al clásico en el maratón meritocrático, el centro del debate era la necesidad de la presencia en el once de Casemiro. Para la mayoría era imposible encontrar la manera en la que el equipo podría cubrir su ausencia para contrarrestar el mediocampo culé, y sobretodo el juego de Messi entre líneas a la espalda de nuestro mediocentro. Los nervios se desataron cuando se confirmó que el brasileño no sería titular. Pero ahí emergió la figura de un Luka Modric, magistral. Donde se comió el centro del campo culé con toda su magia y trabajo, con un Kovacic al lado inconmensurable.

De alguna manera había algo con lo que no contábamos, tan obvio, tan claro, lo teníamos frente a nosotros y no lo queríamos ver. Y no era otro que Don Luka Modric, la piedra filosofal del Madrid de Zidane. El centrocampista croata no le bastó con hacer de Modric en el partido, también hizo de Casemiro.
Y el resultado fue un partido sublime de un jugador que vamos a tardar muchos años en olvidar. Creó juego, líneas de pase para los compañeros, una exhibición de juego en corto y en largo, de marcar el tempo del equipo. Pero además estuvo inconmensurable en el corte, en las ayudas defensivas, en el repliegue.
Fue, en pocas palabras, todo lo que su equipo necesitaba de él en cada uno de los noventa y tantos minutos del partido. Si, porque cuando parecía que ya lo había hecho todo, va en la última jugada y le pone un centro milimétrico a Ramos que iguala el marcador y que le recuerda al rival y al resto de los 500 millones de personas que vieron el partido, que el Madrid siempre vuelve. Que sin importar los Clos Gómez que se pongan enfrente, este equipo no se rendirá jamás y luchará hasta el final, contra todo y contra todos.
