He de hacerle una advertencia antes de que usted, lector, se ponga a leer: este artículo puede que critique a uno de sus referentes mediáticos. Yo le he avisado. Luego no venga enfadado a decirme tonterías por Twitter porque tengo tiempo, poco, y paciencia, limitada.

Este aviso para navegantes viene continuado por una confesión: el que aquí suscribe no es biólogo, así que ha tenido que acudir a la más utilizada enciclopedia digital para recordar la olvidada definición de evolución: La evolución biológica es el cambio en herencia genética fenotípica y genotípica de las poblaciones biológicas a través de generaciones (…). Dos naturalistas, Charles Darwin y Alfred Rusell Wallace, propusieron de forma independiente en 1858 que la selección natural es el mecanismo básico del origen de nuevas variantes genotípicas y en última instancia, de nuevas especies. Dicho de otra forma, las especies se transforman debido a cambios en sus genes, y el origen de esos cambios es una cosa llamada “selección natural”.
Estas variaciones también se han producido en la forma de hacer periodismo deportivo, y tienen un elevado componente evolutivo, con una selección natural basada en esas leyes de la oferta y la demanda que rigen los destinos de los grandes medios de comunicación. Hasta hace pocos años, el tertuliano medio era una persona relativamente culta (normalmente tenía como autor de referencia a Kapuściński, al que citaba de forma monótonamente constante), y en la gran mayoría de los casos, era un recalcitrante antimadridista. Dicho de otra forma, era un pesado, pero en los años 90 surgía el siguiente paso en la evolución del periodista deportivo, cristalizada la aparición de Relaños, Colinos, Ronceros y demás: eliminaban el componente cultural y tenían los mismos conocimientos del balompié que una esponja de baño, pero continuaron un periodismo de bufanda que los hacía igual de insoportables. Lo cierto es que este nuevo ser se distinguió por dos denominadores comunes: reunión en el mismo grupo editorial y el tener un inexplicable éxito en la parroquia merengue. Así nos luce el pelo.
Llegó el tercer milenio y llegó la siguiente etapa. Como eslabón perdido entre el periodista de bufanda clásico y el “personaje” surgieron Roberto Gómez y Manolete. Estos famosos tertulianos eran sutilmente distintos: se habían despojado de la bufanda para ponerse el pijama de las tonterías, vendiendo inventadas filtraciones de vestuario para enfangar el ambiente, defendiendo a ultranza a defenestrados presidentes o elaborando las tramas de fichajes más fantasiosas capaces de ser concebidas por la mente humana como sus predecesores, pero elevado a la enésima potencia.
La consecuencia era lógica: durante los primeros pasos de la década de 2010 se manifestó el siguiente estadio de este elaborado proceso: el “personaje”. Esta curiosa especie, nacida de la mano un ex-delegado del Sevilla CF famoso por ser el responsable de uno de los episodios más lamentables que se recuerdan en un campo de Primera División, se ha despojado de todo conocimiento, no sólo futbolístico, sino también, aparentemente, del referido a las más básicas normas de educación social. De esta manera, ya no se realiza un “bufandeo” basado en la defensa a ultranza del equipo propio, aún en las situaciones más indefendibles, sino en el ataque e insulto contante al rival. El “personaje”, llámese Soria, Caye u Ojeda ha hecho descender el nivel del periodismo patrio desde el segundo círculo del Infierno a la segunda fosa del octavo círculo de esa ardiente localización (y si aquí quiere entender la referencia, échele un ojo a la Divina Comedia), conviviendo con lo que allí se lanzan los condenados. Ya siquiera se toman la molestia de inventarse noticias que alegren la vida del crítico por su estupidez.
¿Esto por qué ocurre? Porque al espectador, el mismo que cree que si el Madrid fuera un club señor debió haber renunciado a jugar la final de la Champions League de 2016 en Milán, le hace gracia y lo disculpa diciendo que “él seguro que en realidad no es así; es que es un personaje”. Mire usted, eso es una absoluta memez, dicho sin acritud y con todos mis respetos. El insulto, sea en la situación que sea, es un ilícito, y en ocasiones, es un ilícito penal. En estos años en los que vivimos, en los que organismos futbolísticos viven pendientes de erradicar toda violencia en los campos, hemos olvidado enfocarnos en los mayores polarizadores de crispación en las aficiones: los “personajes”, que llegan a insultar y a justificar auténticas salvajadas, y que son tolerados por sus jefes con tal de ganar unos míseros puntos de cuota de pantalla. La violencia, aunque sea verbal, nunca deja de ser violencia. Decía San Pablo que “mientras haya vida, habrá esperanza”. Lo que olvidó el de Tarso es que mientras haya vida, habrá idiotas, idiotas que ensalcen a esta horda de violentos que han hecho de la televisión e internet su plaza fuerte, y que en lugar de ser denostados son contratados por los dirigentes de grupos editoriales supuestamente “serios”. Adonde vamos…
