El “caranchoa”

Lo confieso: hubo una época en la que pude disculpar a Gerard Piqué. Siempre he sentido debilidad por los enfants terribles del deporte, y posiblemente, todos nosotros tenemos ese puntillo de admiración bizarra hacia una figura problemática: sea Prost respondiendo al mobbing de McLaren en Suzuka en 1989; sea Senna vengándose del francés en el mismo circuito un año después; Rossi dando coces a todo lo que se mueve (porque seamos sinceros, si el receptor de la patada llega a ser de una nacionalidad distinta a la española, verbigracia, un amado vecino francés, los chistes habrían alcanzado una proporción del 99,9% frente al 0,1% de indignación patria) o sea la figura al completo de Éric “Le Roi” Cantona. No hablamos de niñatos que dejan de jugar porque salieron de fiesta la noche anterior al partido y están con resaca: hablamos del fistro que trasnochaba en Pachá la noche anterior del partido y luego lo bordaba durante noventa minutos para finalmente liarse a puñetazos con un compañero de equipo por un “quítate-tú-que-me-he-acostado-con-tu-señora”… todo ello en un plazo de seis horas (si creen que esta descripción destila caspa, echen un ojo al resumen de cualquier temporada celebrada dentro de las décadas 70 u 80 de cualquier disciplina deportiva).

caranchoa

Sin irnos a extremos tan sórdidos, tenemos a Piqué: un jugador que, para disimular sus enormes carencias deportivas (acrecentadas tras la retirada de Puyol), decidió convertirse en el azote de merengues (aunque si engrosaban el aparato de la nomenklatura, como Del Bosque o el Innombrable, podían ser excluidos de los ataques), medios (los que no fueran del aparato propagandístico del Partido) y directivos de la Liga. Este último punto demuestra la “grandeza” del catalán: se puede decir que construyó su fortaleza social mordiendo la mano que le daba de comer (o que le daba los títulos, da lo mismo).

Hagamos memoria, en el ya lejano mes de diciembre de 2016, un youtuber español alcanzó la fama mundial. Este elemento basaba su contenido en hacer vídeos de un humor brillantísimo, cámara oculta mediante; brillante, ya que brillaba por su ausencia, y se basaba en insultar y acosar a personas por la calle, grosso modo. En la fecha antes mencionada, el joven colgó en las redes un vídeo en el que recibía una injustificable a la par que comprensible bofetada por parte de un repartidor que fue objeto de su inteligentísimo salero y en el que hacía patente su intención de que denunciar y conseguir el despido del trabajador. Siguiendo con la teoría del “chico malo”, si en lugar de publicitar su llorera se hubiera reído del incidente, posiblemente todos nos habríamos reído con él, y no de él.

Este ha sido el gran problema de Piqué. El jugador del Barcelona se ha convertido en un “caranchoa”, que tira la piedra y esconde la mano. Ahí está la diferencia con su contraparte merengue, y pido perdón por la comparación: Álvaro Arbeloa. Mientras uno se quejaba del injusto trato recibido por un inocente comentario, a todas luces calificable con cualquier adjetivo menos “inocente”, otro siempre se hizo responsable de lo que dijo. Posiblemente exista relación con el club que defendían: los de blanco siempre atacados por un stablishment que ha buscado su hundimiento, los de azul y granate siempre alabados independientemente de las circunstancias que les rodeen.

Gerard Piqué se ha convertido en una triste caricatura de sí mismo. Miren, no soy experto en cine, pero conozco a una persona que va a dar que hablar en el mundillo y que algo me ha enseñado. Tras años de disfrute con el Séptimo Arte y de ser adiestrado en la materia, voy a aventurarme a emitir una opinión fundada en su justa medida: Berlanga con su cine conseguía una inmediata unión con el espectador construyendo unos personajes que eran la caricatura del español medio. Santiago Segura tomó la idea del valenciano y, acotando su objetivo, la llevó al paroxismo con su Torrente, tomando como referencia uno de los muchos tipos de individuos que pueblan este país y llevando sus caracteres al extremo (sin entrar en comparaciones entre ambos directores: Torrente es un placer culpable, la Escopeta Nacional una exquisitez). El defensa se ha convertido en eso: alguien que creó un personaje y que no pudo controlarlo. Sus gritos al palco del Madrigal (lo siento, me niego a llamarlo “Estadio de la Cerámica”) fueron otro capítulo de un sujeto que ya no sabe qué puede hacer para lograr captar la atención. Esta actitud vergonzosa (pues da vergüenza ajena) sólo pudo ser superada por la del destinatario de los berridos disculpando al de la Ciudad Condal de una forma que sólo puedo calificar, en los términos más suaves, de “extraña”.

Quizás el central sufre una extraña paranoia derivada de su segundo apellido. De ser esta la causa, le entiendo completamente. Servidor, de apellidarse Messi, seguro que se debatiría entre su integridad como jurista y una imparable compulsión clínica por el fraude fiscal. Por desgracia, Piqué ya sólo es noticia por sus constantes desplantes y no por su juego. Con él, se pudo haber construido una rivalidad entre Madrid y Barcelona con los tintes de una epopeya homérica. Gracias a él, lo que llega desde el Barcelona dirigido al club blanco tiene el nivel de Torrente, que ni es Berlanga, ni Homero, ni nada que se acerque a unos cuantos años luz. El “chico malo” que sale con carita de cordero degollado pidiendo perdón por su última salida de tono para evitar la tormenta no es un “chico malo”, es un Lewis Hamilton de la vida.

Deja de llorar, Gerard. El autor del fenómeno caranchoa ha vendido su canal de Youtube a una compañía de gafas tras ser desahuciado por una presión social, misma sociedad que le aupó hasta el medio millón de seguidores. Quizás puedas hacer lo mismo: igual en Can Barça se cansan de ti y tendrás que emular a varios de tus compañeros de profesión, irte a Qatar o a China por una cantidad escandalosa y pasar los últimos estertores de tu innecesariamente larga carrera en una jubilación dorada. Ahí deberías poder seguir diciendo las tonterías que dices ahora. O no. Los regímenes totalitarios no suelen tener mucha paciencia con los díscolos, especialmente si viven a base de hacer y decir estupideces.

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