Un país imaginario

Abran su mente y procedan a descubrir mundos inexplorados por la imaginación humana. Con su venia. En solo el último mes o par de meses.

Nos ponemos en situación. La FA Cup. Un jugador marca un gol, se da la vuelta y se señala el dorsal. Sigue avanzando, se vuelve a girar dando la cara a cierta grada repleta de hooligans violentos, que lleva años insultándole (con el consentimiento de todo tipo de autoridades) y se echa las manos a los oídos. Sin más. ¿Se imaginan un país dónde ese jugador fuese acusado de provocador por esos simples gestos? ¿Se imaginan un país dónde se justificase la indignación de esas acémilas? ¿Se imaginan un país dónde ese grupo de hooligans violentos fuese tratado como si de un cultísimo grupo de reflexión se tratase? ¿Se imaginan que quisieran hacérnoslos pasar por lectores compulsivos de Arthur Schopenhauer? ¿Se imaginan que sus hazañas colectivas fueran contadas como si fueran reuniones de debate y discusión sobre la introspección como método fundamental para llegar a la esencia vital del yo? ¿Se imaginan que sus quedadas en bares de carretera, con otras manadas similares, fueran banalizadas como si fueran simples intercambios de experiencias espirituales y de profundos conocimientos esotéricos?

Un país imaginario

¿Se imaginan que uno de sus líderes espirituales, Cristopher de Coventry, analfabeto, macarra, recogepelotas y portero de discoteca, en lugar de estar en la cárcel o sirviendo pintas en cualquier pub de mala muerte, fuera tertuliano estrella en una dizque tertulia deportiva de Sky Sports?

Pongámonos en situación otra vez. La Super Bowl va a celebrarse en Houston, Texas. El alcalde de Houston, un tal Abel Bocachanclas Knight, lleva unos diez años en el cargo y tiene el estadio (municipal), donde va a celebrarse la Super Bowl, hecho una cochiquera, repleto de cascotes, escombros, herrumbre y voladizos voladores de uralita. Hasta existe un informe técnico, de hace varios años, en el que le sugieren que arregle el asunto. Imagínense que la cabrona prensa deportiva norteamericana nunca se hubiera hecho eco del asunto…y ya es imaginar. Imagínense que la misma prensa que es capaz de derribar presidentes de gobierno, en lugar de dedicarse a la investigación, ahora se dedicase a organizar inútiles tertulias nocturnas de radio o tv en las que discuten, intercambiándose perdigonazos, si es mejor el juego de carrera o de pase. Si a Tom Brady le ha nacido, por generación espontánea, una hernia discal. Si Belichick tiene una flor en el culo o tiene la selva amazónica entera. Si los Patriots deberían sentirse satisfechos o no por ganar una Super Bowl de chiripa. Y ya metidos en harina, imagínense que en la CBS un manguta argentino, que no ha pasado de entrenar equipos de instituto, adoctrinase a Bill Belichick sobre cómo han de jugar sus Patriots.

Imagínense que el Major de Houston, Mr Bocachanclas, convocase rueda de prensa para decir que del estadio municipal han salido de naja volando varios paneles de uralita a causa de una tremenda ventolera y que el partido no se va a jugar por mucho que se empeñe en ello uno de los equipos (quién por cierto, no ha dicho nada) ya que eso pondría en riesgo la vida de un par o tres de millones de patriotas americanos. Imagínense que la dizque prensa deportiva americana (a la que se le ha “olvidado” la gestión municipal de Mr Bocachanclas) no solo le escuchase si no que le comprase la burra. A la vista de lo cual, Mr Bocachanclas, se desmelenase y afirmara que ha sido presionado por el citado club que ha actuado de un modo prepotente y soberbio. Este hecho, afirma el dignísimo Mr Bocachanclas (el mismo de los cascotes del estadio municipal), le ha llevado a sufrir una profunda decepción con el comportamiento del referido club. Imagínense que Mr Bocachanclas, mezquineando, dejase caer que a los Patriots la seguridad de los patriotas americanos les importa un carajo. Imagínense que una enormérrima parte del periodismo americano jalease y aplaudiese (y olvidase) las cosas de Mr Bocachanclas.

Mr Bocachanclas se hincha como un pez globo y empieza a conceder entrevistas hasta en radio taxi y en la teletienda de Houston. Tal vez por aturullamiento, tal vez por soberbia, tal vez por reblandecimiento de neuronas, después de tanto hablar y hablar, finalmente termina reconociendo que nadie le ha presionado y que puede que exista un informe en el que se hace referencia a cosas de menor importancia sobre su gestión del estadio municipal; que habló porque leyó cosas en prensa. Imagínense que, incomprensiblemente, a la prensa americana el personaje dejara de interesarle de repente y procediera a actuar como si la tierra o una ventolera se lo hubiera tragado o llevado, respectivamente.

Imagínense que, ni aun así, la prensa deportiva siguiera, erre que erre, atizando a los Patriots por querer jugar el partido. Imagínense que ningún Fiscal (o Ayudante) del Estado tomara cartas en el asunto, a pesar del reconocimiento de parte de Mr Bocachanclas de su gestión cuasi delictiva al poner en riesgo, durante tantos años, la integridad física de los espectadores.

Imagínense que el CEO de la NFL, D. Xavier Tetas, viendo el desastre que se avecinaba, se llamara a andanas y procediera a asistir al espectáculo, sobándose la bolsa escrotal, tumbado en el cómodo sofá del salón de su casa mientras se apretaba un escocés de no menos de 25 años. Imagínense que el Sr Tetas, CEO de la NFL, se pusiera de parte del alcalde, y su gestión rayana en el delito, y en contra de los intereses de uno de sus afiliados y de la propia NFL. Imagínense que el Sr Tetas no hiciera ni el güevo para que el partido se disputase. Imagínense que el Sr Tetas afirmase estar informado de las inclemencias meteorológicas de Houston a través de un primo suyo que pasaba el finde en su casa. Imagínense que al Sr Tetas, americano con sueldazo de la NFL, se la trajera floja y pendulona la horrible imagen de la NFL en su propio país y en el resto del mundo. Ahora no hace falta que le echen mucha imaginación para intuir dónde estaría Mr Tetas a estas horas, si hubiera actuado tal cual les he contado. Y de paso, imagínense el descojone de otras asociaciones competidoras directas de la NFL. Se me ocurre la NBA, por ejemplo.

Imagínense que nadie de la CBS, operadora que retransmite el partido, fuera consciente del cariz que estaba tomando el tema y pasara olímpicamente del notable perjuicio económico y de imagen que la suspensión iba a llevar consigo. Imagínense, si es que pueden, que la poderosa CBS no hubiera movido ni un solo dedo para que ese partido se hubiera disputado aunque hubiera sido en un sembrao, en un secarral o en una plantación de algodón.

Y sigan imaginándose que en Massachusetts, lugar de residencia de los Patriots, existiera un periódico, el Ouija Telegraph, dirigido por el prestigioso periodista D. Alfred Albondiguilla que, sin datos ni información, tildase de infantiles a los Patriots por querer jugar el partido y, no contento del todo, envidase más y en sucesivos editoriales calificara al club de mezquino. Tampoco hace falta que le echen mucha imaginación para saber dónde estaría en estos momentos el Ouija Telegraph (eso sí, sin ayudas ni la influencia de algunos gobiernos estatales).

Imagínense que el presidente de la famosa FAFA, Federación Americana de Fúrbol y Álbitros (si es que existe, que creo que no), D. Forrest Gump, nunca hubiera hecho cumplir sus artículos federativos sobre mantenimiento de instalaciones deportivas en el caso del estadio de Houston. E imagínense a la cabrona prensa deportiva americana sin abrir el pico al respecto. E imagínense que ningún abogado americano hubiera metido las zarpas en el tema.

Imaginen el panorama y a toda la prensa americana dando palmas con las orejas y brincos de alegría: por la falta de respeto a una institución que es una gloria nacional del deporte americano, por el tremendo desprestigio de su competición deportiva estrella, por tener a vagos e inútiles al frente de la NFL (y de la Federación correspondiente, si es que existe) y por hacer famoso a un vendeburras, bocachanclas, inútil, embustero, faltón y vago que, encima, alcaldea con alcaldadas.

Cambiemos de escenario. Imagínense que el vicepresidente de la Federación Inglesa de Fútbol, D. Johnnie Caspas, declarado y acérrimo seguidor del Liverpool y expresidente de ese mismo club, declarase, sin contarse ni medio pelo, con su habitual cara de avinagrao y de inferior acomplejao, que haría todo lo posible, desde su puesto de responsabilidad en la Federación, para perjudicar al Manchester United y que además le importaba un güevo y la mitad del otro que el citado club fuera inglés. Tampoco hace falta echarle mucha imaginación para saber a dónde le habría mandado el presidente de la Federación Inglesa de Fútbol, si éste fuera, claro está, una persona normal y no un paramecio parasitando el mundo del fúrbol. Échenle hilo a la cometa e imagínense que ningún periódico, emisora u hoja parroquial inglesa hubiera denunciado la tropelía de grosera parcialidad de Mr Caspas o que nadie se hubiera preguntado por los motivos ocultos por los que Mr Gump no hubiera cesado al citado Mr Caspas.

Imagínense la final de la Copa de Inglaterra. Imagínense que no existiera Wembley y que la final se disputara en un campo diferente cada año. Imagínense que existiera una parte de Inglaterra a la que le tocara los cojones Su Graciosa Majestad. Imagínense que la afición de esa parte de Inglaterra montase la de Dios es Cristo cada vez que su equipo representativo jugase un partido en el que sonase el Dios Salve a la Reina, rebuznando, hozando y lanzando derrotes de cornudos. Imagínense que ese club llegase repetidamente todos los años a la final de la Copa Inglesa y que todos los años, invariablemente, montase el mismo numerito grosero, irrespetuoso, casposo y maleducado. Imagínense que, en esa afición y en ese club, hubiera algo que les privase especialmente: jugar la final en un determinado estadio (de propiedad privada) porque considerasen que representa como pocos a Gran Bretaña y la Monarquía. Creen que la afrenta sería mayor a Su Graciosa Majestad, al Dios Salve a la Reina y a la Union Jack y por eso lo quieren.

Y ahora toca lo más difícil. Imagínense que la prensa deportiva (y generalista) inglesa en bloque, riese la gracia de esa parte de la afición. Y no solo eso, algunos exigiesen al club dueño de ese estadio (de propiedad privada) que no se negara a prestarlo para así echarse unas risas mientras los educados hooligans berreaban el Dios Salve a la Reina y le hacían calvos a Su Graciosa Majestad (o a su representante). Imagínense que la Federación de Fútbol Inglesa consintiese. Es más, imagínense que Scotland Yard consintiese. Difícil, ya lo sé.

Tal vez les cueste menos trabajo imaginarse lo anterior si les cuento que el susodicho presidente de la Federación de Fútbol inglesa, Mr Gump, en su tiempo, llegó a amenazar al Gobierno de Su Graciosa Majestad con excluir a la selección inglesa de Fútbol de las competiciones internacionales, por un quítame allá un Real Decreto que le jodía las elecciones al referido Mr Gump. Amenaza que surtió los efectos perseguidos por Mr Gump y que no tuvo consecuencias negativas para él, ya que no motivó que el gobierno de Su Graciosa Majestad mandase a un alto funcionario de su Ministerio del Interior, con par de coches patrulla, a la casa de Mr Gump. Si ustedes tienen lo que hay que tener, imagínenselo.

Imagínense que la propietaria de los derechos de retransmisión de los partidos de la Premier solo diera repeticiones de las jugadas que solo interesase a una de las partes. Eso sí, las jugadas seleccionadas para ser repetidas, con todo lujo de detalles. Item más, imagínense que los superprofesionales narradores británicos tuvieran la fea costumbre de decantarse siempre por el mismo equipo. Ahora ya no les pido que le echen imaginación. Ustedes saben, también como yo, dónde estarían esos dizque superprofesionales. Ya puestos a imaginar, crucen el charco e imagínense un partido de la NFL en el que la CBS tirase la línea de scrimmage según le saliera del mismísimo níspero al responsable de turno, inventando así, un nuevo concepto de la geometría euclidiana. Les advierto que llegado el caso, si su imaginación les da para tanto, que no les extrañase que el citado geómetra acabase compartiendo celda con algún ebúrneo hombretón, de dos por dos, en una prisión de Atlanta.

Imagínense que la Ligue1 francesa tuviera en su asociación al Campeón de la Champions y once veces campeón de esa competición, al Campeón de la Europa League, a la mayoría de los mejores jugadores que copan los once ideales que elaboran las publicaciones especializadas, a los balones de oro desde no se sabe cuántos años y a una selección nacional ganando en los últimos tiempos todos títulos internacionales. Ahora imagínense que la Ligue1 no fuera el producto deportivo estrella en todo el mundo, en lo que al fútbol se refiere. Imagínense otra liga profesional de futbol, a escasos kilómetros de Ligue1, cuyos clubes fracasan año tras año en la Champions y en la Europa League, que rara vez consigue incluir a algún jugador suyo en algún once ideal, que ni los más viejos del lugar recuerdan cuando un jugador de dicha liga ganó el balón de oro y que la selección nacional, representativa de dicho fútbol, data su último gran éxito en la época en la que los penaltis se remataban de cabeza. Imagínense que eso fuera cierto e imagínense que el inútil responsable de la Lique1 (que no ha conseguido que su producto estrella fuera la envidia de todo el mundo) siguiera en su puesto excelentemente remunerado.

Les podría excitar su vena imaginativa con otros hechos, a cada cual más estrafalario, pero no es el caso y esto ya me está quedando demasiado largo. Les dejo unos ejemplillos y ya ustedes, si eso, se lo piensan y los completan. Imaginen una portada de Sports Illustrated con cinco catetos haciendo una sesión de Ouija para contactar con el espíritu de Mohamad Ali, a ver si les chiva el ganador del próximo combate por el mundial de los pesos pesados. Imaginen una portada de France Football informando sobre una hernia discal que nunca existió. Imaginen a Troy Aikman comentando un partido de fútbol americano con ese tipo que se burló de un mendigo, en vivo y en directo. Imaginen a una radio, periódico o televisión americana hablando de conspiraciones judeo-masónicas porque al ídolo deportivo de turno le hubiesen pillado defraudando, sisando o mintiendo. Imaginen que los Yankees fueron catalogados como el equipo del régimen, centralistas e imperialistas.
Imagínense que en un solo país todo lo anterior fuera cierto y ocurriese realmente. Imagínense el disparate. Menos mal que vivimos en España que si no, de qué.

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