Lo que no se roba

La historia reciente del fútbol mundial tiene a bien ofrecernos de manera regular bochornosos episodios de ilegalidad consentida, protagonizados por unos actores sin miedo ni vergüenza a encasillarse para siempre. La Trama Godall nunca descansa, pero al igual que las alergias, los insectos y algunas otras cosas molestas y repugnantes que hay que aguantar en la vida, se reactiva a partir a marzo.

No hay una sola temporada en la que ese demonio con el que la rama deportiva de la organización condenada conocida como F.C. Barcelona (Más que un club) pactó en su día, no venga a recordarnos que aquel contrato sigue vigente. Siempre de manera sibilina, y a veces con virulencia desatada, todos los males que el deporte pueda imaginar se manifiestan en forma de heraldos con forma de árbitro y plagas de tarjetas y penaltys que, casualmente, no volverán a verse ni repetirse. No obstante, el mejor truco de El Demonio fue hacer creer que no existe, y un puñado de imbéciles sin dignidad ni vergüenza pero con título de periodista hacen esfuerzos diarios por creérselo y hacérselo creer a la carne de cañón cómplice, también conocida como aficionado culé.

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Desde la perspectiva madridista, la situación no puede ser percibida sino con delirio hacia lo ajeno y un punto de paternalismo propio. El Barcelona, en su titánico e interminable viaje a rastras por las cloacas de la legalidad ha perdido cualquier atisbo de legitimidad en lo deportivo y credibilidad en lo institucional, siendo incapaz sin embargo de escapar a su condición de chatarra ideológica y a ese tercer escalón europeo que le define como institución y le atormenta como al feo que quiere ser guapo, al pobre que quiere ser rico y a todo el que quiere pero no puede. Es imposible imaginarse a este Milán decadente o al siempre regio Bayern instalados en la zafiedad cotidiana y en la sospecha constante, por el mero hecho de que la grandeza se tiene y no se entrega a golpe de dedo. Ni de silbato.

Hoy es un día para ser feliz. Todos lo son, realmente, pero el madridismo necesita periódicamente de episodios de reafirmación y esta temporada ya tiene el suyo. A partir de aquí, lo único que se le puede exigir al equipo, como siempre, es competir con todo hasta donde los que manejan la farsa y los herederos espirituales de los Ovrebo, Stark y demás héroes de la mitología nacionalbarcelonista permitan. El fútbol europeo y el Madrid en particular ya han pasado por esto antes y la respuesta del club y los jugadores fue ganar dos de las Copas de Europa más bellas y épicas que puedan imaginarse. Si algo nos han enseñado los escándalos de este siglo es que no importa nada en absoluto que roben Champions, Ligas, impuestos y hasta repeticiones de jugadas conflictivas. Porque como dijo el poeta, podrán quitarnos hasta las flores, pero no nos robarán al Real Madrid.

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