He de reconocer que antes del pasado partido que enfrentó al Barcelona contra el PSG volví a ser traicionado por mi falta de confianza en la bola de cristal. El desastre no empezó a las 20:45, sino una hora antes. El cuerpo me pedía apostar la totalidad mis reducidos recursos económicos a la clasificación del club azulgrana a los cuartos de final de la Copa de Europa: cotizaba bien, me hallo en un estado de bancarrota constante y estaba seguro de que el señor colegiado iba a erigirse protagonista de la competencia. Blanco y en botella.
Seis horas después, no sabía si dirigir mi ira hacia mi persona por las dotes proféticas, que por una vez estaban en lo cierto; a Emery por un planteamiento cobarde e ineficaz; a la prensa patria que diligentemente tapó el escándalo ocurrido durante esos casi cien minutos de juego o al señor colegiado que lideró la “histórica” remontada culé. Una jornada triste, en la que la indignación que llegaba de numerosas partes del mundo fue empequeñecida por los artificios que cruzaban el cielo de la Ciudad Condal.
Un compañero, jefe y amigo de esta santa casa, @lossublimes, a la mañana siguiente proponía en un fantástico hilo de Twitter un plan para poner fin a los constantes agravios comparativos a los que nos vemos sometidos los de blanco dentro y fuera del terreno de juego, un plan tan perfecto que resulta casi utópico. En todas las facetas de la vida he sido un escéptico, y para afirmar algo necesito pruebas que apoyen el hecho con total rotundidad, pero lo de ayer fue suficiente.
De la misma forma que a día de hoy se celebra el aniversario del lamentable Corea – España de la Copa del Mundo de 2002, mucho me temo que en diez años nadie recordará el engaño que tuvo lugar en Barcelona la noche del 8 de marzo de 2017. Haría una lista de errores arbitrales, emulando a cierto genio portugués, pero creo que el Amazonas ya está lo suficientemente dañado como para que venga yo y deje sin género a Madereras Peruanas, S. A.

Las grandes noches europeas del club culé son mentira. Mr. Ellis, Mr. Leafe, Schmidhuber, Obrevo, Aytekin. Nombres que están indisolublemente unidos a la figura del F. C. Barcelona, y el denominador común es que ninguno de ellos era futbolista. La mentira como bandera. Las Copas de Feria han de ser equiparadas a la Copa de Europa; habría que quitarle los primeros trofeos continentales al Madrid porque eran un torneo amistoso franquista; tampoco han de ser contabilizadas las primeras Copas de España ganadas por el club merengue… Mentiras, mentiras y más mentiras, todas ellas con los mismos elementos compartidos: el granate y el azul.
Por otro lado, no todo iban a ser lágrimas. El elemento cómico lo puso Javier Mascherano, que se rió de todos nosotros cuando reconoció que hacía penalti a Di María. Entiendo el talante que adoptó el argentino: no era necesario esconderse y a ojos de todos estaba lo que había pasado. Mejor asegurar el aplauso fácil pretendiendo una actitud deportiva que brilló por su ausencia cuando clavó los tacos de su bota en el pie de su compatriota. Risas interiores teñidas con los colores de una organización siempre investigada por los Tribunales, la UEFA, y de otra ya condenada por aquéllos (curiosamente los mismos).
Podríamos hacer un análisis meramente deportivo, algo que ya han exigido falazmente las cabezas pensantes del periodismo nacional, pero no hay mucho que decir: el técnico del equipo parisino salió al verde barcelonés con una idea timorata y gris, que no buscaba sentenciar la eliminatoria ni defenderla a toda costa. En esto del fútbol es aplicable el famoso pasaje del libro del Apocalipsis (Ap 3, 15-16): Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
