«-¿Tú también, Zidane, hijo mío?» se escucha a una más que apuñalada Meritocracia en la entrada del Senado Blanco. Allí están Ancelotti y Benítez en primera fila sosteniendo los puñales.
Esto es una historia de amor, o lo era. Una mañana me presentaron a un hombre al que había admirado toda la vida. Al principio no me gustó, era el típico galán de discoteca que coqueteaba con todos. Estuvo un tiempo detrás de mí hasta que una noche nos acostamos. Me dijo cosas bonitas al oído. Me habló de equilibrio, de Meritocracia. Fuimos muy felices un tiempo. Me regaló varias joyas y era muy detallista.

Desde hace unos meses todo cambió. Dejó los detalles. Dejó de susurrarme cosas bonitas. Le veía coqueteando con otros. El domingo llegué a casa tras la semana con más horas que haya currado nunca, con los pies molidos. El día anterior estuvimos 12 horas haciendo una Maratón para apoyarle. Cuando entré en casa y fui a la habitación, allí estaba él con otro acostado. Me había traicionado. Estaba con Buenitocracia, esa perra infiel destroza hogares. Salí de la casa llorando. Soy ya mayor, no me gustan las relaciones esporádicas. Quiero un hombre fiel para toda la vida. Ahora no sé si perdonarle a Zidane. Si solo ha sido un error pasional pasajero que no volverá a ocurrir o será otra muesca en mi cinturón. Se lo he preguntado: si me ama a mí, la Meritocracia. En los próximos días me responderá y veremos si somos felices para siempre.
Ahora escucho canciones de amor. Me emociono con la letra «pondré a los que mejor están». Pero ya no creo en el amor. Ya no creo en los príncipes.
¿Te ha gustado el artículo? ¡SUSCRÍBETE y no te pierdas nada!
[wysija_form id=»1″]
