¿Marcelo o Marcielo?

Hace justo hoy 6 días, Marcelo cometía un error no haciendo una falta táctica a Sergi Roberto en el minuto 92, que después originaría el 2-3 definitivo de Messi. Tras ese partido el gran lateral brasileño reconoció su error, sabedor de lo que un defensa debe hacer en ciertos momentos de partido. Por eso hoy, cuando ha cogido el balón en el minuto ochentaytantos, nadie merecía meter ese gol más que él. Sí él, Marcelo, ese futbolista sublime, meritorio y espelucado que de partido en partido va sembrando en el Bernabéu un nuevo modo de ser lateral izquierdo, mediocentro y extremo a la vez. Lo comido por lo servido. Él lo es todo en el Real Madrid, todo.

Dicen que su nombre (Marcelo) honra al horizonte (Mar y cielo). Línea que se dibuja en la playa y que hacía que se demostrara lo esférico del planeta, al no poder llegar a ella nunca ningún navegante. Marcelo en cambio sí que llega al horizonte y vaya que sí lo hace. Él constantemente reinventa planos y mapas, que la defensa rival no puede descifrar. Ni Voro hoy, ni Pepe Mel el otro día, ni ningún entrenador del mundo es capaz de dominar la banda desde donde Marcelo, gobierna el partido. Él más que un futbolista, es una misión. Una aventura.

Marcelo

Ante el Valencia enseñó melenas como quien enseña cañones de su navío. Frecuentemente atraviesa la línea del centrocampo sin necesidad de usar un cuaderno de Bitácora que le indique qué hacer, cuándo y dónde. Como dije antes, él lo es todo. La táctica de tu equipo y el destructor de la táctica enemiga, la alegría de mi almohada y la tristeza con la que los valencianistas vieron terminar el partido.

Preciosista, barroco y regenerador de estilos. Juega como vive, feliz…y feliz jugará hasta que dentro de muchos barcos, cuelgue su ancla y se retire del Real Madrid. Por entonces, Roberto Carlos ya le habrá reservado a su amigo Marcelo, una hamaca en la dorada playa de Copacabana. Allí, los dos mejores laterales izquierdos de la historia del Real Madrid podrán discutir sobre quien ha ganado más, quien ha jugado mejor, o quien ha encandilado más a la afición madridista; sin embargo, en lo que seguro que no pugnarán es en los felices que ambos han sido y nos han hecho a todos sobre las hierbas de la Castellana. Y es que ambos nacieron para eso; para hacer y ser felices. Ese es Marcelo, ese es Roberto Carlos y eso es Brasil. Un país tan rapado económicamente como Robertos Carlos y tan artísticamente espelucado como Marcelo.

Allí, en Copacabana y con arena sobre los pies, ambos se quedarán mirando al horizonte en su atardecer, mientras un niño brasileño que no sobrepasa los 8 años de edad, les asombra por lo bien que juega a fútbol. Extraordinario, majestuoso, inimaginable.

Entonces Roberto Carlos cogerá su teléfono y con voz baja y segura dirá a quien le oye al otro lado del móvil:

– »Florentino, el sustituto ha nacido. Fíchelo».


 

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