Para los que no lo sepan el estadio Vicente Calderón se edifica sobre el alquitranado que da al ‘Paseo de los melancólicos’. Curioso que con todas las calles, avenidas y plazas que hay en Madrid, la casa del Atleti se levante en hierros, sobre el paseo que personifica la genética, apariencia y descendencia de los hinchas colchoneros.
Melancolía, tristeza e indios. Y todo vuelve a empezar.
Dicen que el concepto ‘melancolía’ es un término que deriva del latín y que significa ‘Bilis Negra’. La bilis negra o melancolía es un estado permanente de tristeza vaga y profunda que puede ser debida a causas morales (Lisboa) o físicas (Milán).

Según Sigmund Freud en su obra ‘Duelo y melancolía’ (1915), los melancólicos (o atléticos) se aferran a tiempos pasados (Luís Aragonés o el doblete) para anclar o barnizar su futuro con épocas ya vividas pero con final feliz.

El estatus sentimental ligado al estatus social. »Yo soy lo que aparento». Mentirología atlética. Meritología madridista.
La denominación de origen ‘El pupas’ nunca fue por casualidad. Ese pedigrí denota el tipo de raza que tiene el perro del Manzanares, antes incluso de escuchar sus ladridos. Y sino ¿qué club vive su época más dorada, mientras pierde dos finales de la Copa de Europa ante su eterno rival? Solo el Atleti. Solo el Atleti es capaz de convivir con este maquiavélico destino y seguir ladrando que ellos mandan sobre Madrid.
Ilusos, ineptos…pulgosos.
Citaba también Freud, que la melancolía se desarrolla en personas que no aceptan la pérdida de lo amado o lo deseado, sin embargo Freud nunca perdió una final de la Copa de Europa en el minuto 93, una eliminatoria por culpa de un mexicano con nombre pinturero (Chicharito Hernández) y otra final de la Copa de Europa en la tanda de penaltis. Descabello.
El garrote vil, la guillotina y un tiranosaurios rex habían destrozado por tres años consecutivos a los melancólicos chuchos del Manzanares, hasta que de repente la morbosa mano de la leyenda del Liverpool Ian Rush (con camisa rojiblanca) emparejó de nuevo en aquel sorteo suizo, a aquel collar orgulloso con su triste y alicaído perro. Todos sabían el final, pero nadie lo reconocía.

En ese instante, cuando las llanuras parecen barrancos y las grietas, acantilados, una epopeya de jugador con el número 7 a la espalda, se echó sobre su lomo todo lo representativo a Real Madrid que existía sobre la faz de la Tierra; absolutamente todo. Los millones de madridistas nos agarramos sobre su columna vertebral, la Cibeles sobre su nuca, los 115 años de historia del club de la Castellana sobre sus lumbares y el equipo entero sobre sus costillas traseras. Y en esas, tirando hacia delante, pasó la tempestad, los perros y los lobos…y solo gracias a él, la mañana siguiente amaneció con un maravilloso, mágico y merecido 3-0 en el marcador de ida que no hacía otra cosa que acercar el diván del psicólogo, al melancólico de turno.
Por ello y antes de que acontezca el último derbi en la melancólica perrera del Calderón, he de decir que comprendo, entiendo y apoyo a todos los hinchas atléticos que maldicen los valores del Madrid, mientras ponen a su nostálgico y triste Atlético de Madrid como ejemplo. Y es que como bien dijo aquel que escribía desde las nubes:
– »Ladran querido Sancho, luego cabalgamos».
Freud, el Atleti y el Paseo de los Melancólicos. La bilis negra. Demasiado collar, para tan poco perro.
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