Y por fin Cristiano

Era 1994. El año de la final de Atenas. El año en que el fútbol le dejó claro al Barça que no es lo mismo jugar una final contra la Sampdoria que contra el Milan. En la isla atlántica y portuguesa de Madeira, Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, con 9 años, comenzaba a despuntar en el «Andorinha», donde trabajaba su padre. Lo llamaban llorón, porque se le salían las lágrimas cuando no le pasaban el balón, o cuando fallaba un gol. También le decían «abejita», porque no paraba de correr por el campo.

Dicen que Cristiano dormía siempre abrazado a un balón. Porque Ronaldo soñaba con el fútbol. Tenía motivos. Un padre que murió con el hígado destrozado por el alcoholismo, un hermano enganchado a la droga. Cristiano eligió otra adicción. Eligió el fútbol.

Desde entonces, Cristiano no ha cambiado. Sigue siendo el jugador que siempre quiere más. El jugador que odia perder. El que tiene un agujero en el estómago que le impide saciarse. El que marca cada gol no mirando al marcador sino a las crónicas de la historia. El jugador que prefiere quedarse en casa haciendo abdominales que arrastrarse borracho por las discotecas de Madrid. El jugador cuyo ego le impulsa y le lastra.

Algunos le echan en cara que su talento no es natural. Que lo que en Messi es don de nacimiento, es Cristiano es sudor y esfuerzo. Pero eso precisamente es lo que le hace grande. Ya en la cantera del Sporting, Cristiano Ronaldo se ejercitaba en el gimnasio hasta entrada la noche y se quedaba después de los entrenamientos se quedaba practicando tiros libres.
Y eso es lo que hace que se haya identificado tan bien con el Madrid. El Madrid que no es un equipo de poetas sino de guerreros. No vende filosofía sino coraje. No quiere trovadores sino muescas en su espada.

Dentro de muchos años, cuando se hable de este Madrid, se hablará del Madrid de Cristiano. Igual que se habla del Madrid de DiStefano o del Barça de Messi.

Y sin embargo, Ronaldo no tuvo un papel protagonista en ninguna de las dos últimas finales. El cuarto gol de penalti en Lisboa y el penalti decisivo en Milán. Lo suficiente para hacerse la foto y engañar a los extraños, pero no para engañarse a sí mismo.

Cristiano, hay que admitirlo, había llegado mal al final de muchas de las últimas temporadas. No ha estado, o lo que es peor, ha estado de cuerpo presente, como una promesa constantemente incumplida.

Eso sí, la llegada a las finales ha estado llena de goles de Cristiano. El año pasado mismo, tres goles de Cristiano dieron la vuelta a la complicadísima eliminatoria contra el Wolfsburgo. Y no hay campo de Europa que se haya librado de algún gol de Cristiano.

Y por fin Cristiano

Podría valer para otro, pero no para Cristiano.

Estoy convencido de que, en el fondo de espíritu de ganador, en el fondo del ego, de ese ego que le hace a la vez grande y frágil, Cristiano sentía el deseo de ser el Sergio Ramos de Lisboa. El jugador que hace que su equipo gane la Champions, sino que hace que su equipo la gane.

Y por fin, después de años esperando, ha llegado Cristiano.

En una temporada que comenzó muy mal. En una temporada en que muchos dudamos de él. Esta sí ha sido la final de Cristiano. Esta ha sido la final que Cristiano y todos los madridistas habíamos soñado.

La final en que no hemos necesitado goles en el último minuto ni de penaltis, porque tenemos a los mejores jugadores, y concretamente al mejor jugador del mundo.

Esta es sin duda alguna la Champions de Cristiano. Y este Madrid es, desde Cardiff y con plena justicia, el Madrid de Cristiano.

Porque ahora, quizá Cristiano siga soñando con el fútbol. Pero lo que es seguro, es que el fútbol seguirá soñando con Cristiano.


 

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