El Bernabéu se adorna de deficiencias, penas y ganas de sacar pecho tras el día de la salud con bolsillos vacíos. Ese, que aún así, sabe a poco. Muy poco. Pero, ¿dónde mejor para echar mierda que en un escenario así, donde somos la envidia de más de medio mundo que se levantan y se acuestan sin letras mal hilvanadas por los llamados… periodistas? Un escenario donde el segundón en historia política (ahora más que nunca) y deportiva, viene a ser ovacionado por una estampida de personas que parecen pedir como si no hubiera un mañana, las hormonas inyectadas a Messi en su día…
Una experiencia esta, en la que regocijarse haciéndoles sentir como en casa. Desplegando una blanca navidad disfrazada de más inquina benzemista, porque cómo se va a poder salvar a un equipo que ha ganado cinco títulos con el peor jugador de la historia en el once titular. Que se lo digan a Zidane que caerá junto con él y los cinco títulos, ninguno de importancia relevante y pertenecientes a una galaxia muy lejana. En la que se perdieron Isco y Asensio entre los Sith.

Piel muy fina, memoria muy selectiva y madridismo muy rancio se vio ayer en el campo. Más aún fuera de él en redes sociales y podcast donde el que no insulta no consigue defender sus ideas. Donde para algunos, el tufo que ahora atribuyen a zz no les impidió celebrar títulos que ahora son de una historia lejana, debe ser como de la ausencia de títulos ajenos de los que no viene bien acordarse; ni de arbitrajes, que deben ser sinónimo de mal perder; ni de asistencia desde medio metro fuera del campo y así… hasta la navidad de 2018 podríamos estar. No sea que en los descansos del trabajo nadie me ajunte y me fume el cigarrito solo o tenga que hacer tiempo en el baño leyendo MarcAs.
Y así es, pasan los meses, aumenta nuestro palmarés pero nada cambia. El Bernabéu cada vez más rancio y opiniones cada vez más extremistas que olvidan celebraciones, que si hubieran venido de otro se tildarían de prepotentes. Pero nunca lo es quien necesitó hormonas de pequeño y luego…. pues le gustaron su efecto. Le hacían hasta robar mientras le coreaban y nadie lo criticaba. ¿¡Qué más podía pedir…!?
Entre panfletos y falta de argumentos, despedimos el 2017, en mi caso más feliz que nunca porque mi ingreso hospitalario de cinco meses y una discapacidad, me hayan abierto los ojos sin necesitar el reconocimiento de nadie, menos de pseudos que aún buscan el criterio perdido en algún bar…
