Una Final diferente

La emoción que te embarga cuando llegan estos días de finales de mayo es algo difícilmente explicable por más que tu oratoria sea mejor que la de Winston Churchill o tu pluma más delicada que la de D. Luis de Góngora. Es una sensación tal que invade todo lo que te rodea a modo de gas de la felicidad nublando todo dulcemente a tu alrededor.

Y es que estás en la Final; no una final cualquiera, no: la Final. Es la Copa de Europa quien te espera al otro lado. En la otra orilla donde amarrarás la embarcación en la que navegas, es la Orejona, es el santo grial del fútbol europeo y mundial quien hará que todo ese cúmulo de sensaciones latentes broten a borbotones al tenerla en tus manos por fin.

Y es así porque aunque suene pedante, petulante o prepotente, está escrito que sea así.

Porque por muchas dificultades que haya en el camino, por más obstáculos que puedan ponerse para evitarlo, sabes que se vencerán; de un modo u otro, pero lo lograrás.

Aunque este año sea una Final diferente, aunque esta vez no te tocó bendecir en primera instancia al excelentísimo señor notario de apellido futbolístico alemán, ni alabar la figura del Presidente de Honor por el simple hecho de que al tocar una tecla al más puro estilo «Lost» saliera tu número en el plasma. Esta vez no fue así. Y aún así estás aquí. Y sigues feliz.

Y quizá tampoco fuera motivo de alegría el saber que un acontecimiento de tal magnitud como éste, con lo que representa para ti, mezcla de sagrada y fervorosa religiosidad y desatada ilusión, estuviera siendo aprovechado por malvados delincuentes disfrazados de sí mismos que cancelaban sin piedad las reservas de otros penitentes, también como tú que tenían en su mente poder completar su largo peregrinar en busca del Valhalla.

Una Final diferente

Y diferente también, por qué no decirlo, porque no estabas acostumbrado a resignarte sin poder disfrutar de la vista directa de la plateada Copa; porque la televisión es un invento imprescindible para el ser humano y como tal debe valorarse, pero al igual que no saboreas una buena cerveza por más que veas mil veces la imagen refrescante del líquido elixir de cebada besando el cristal del vaso inclinado, tú sabes que la experiencia de no acudir a la llamada de la Final no puede ser compensada por mucho que el aparato cuente con la más avanzada de las tecnologías inventadas o por inventar.

¿Y acaso no hace un poco diferente también este año el hecho de que la ciudad elegida esté en un lugar tan desconocido y lejano para ti? Un poco sí, porque aunque algo has estudiado – aunque sea poco – acerca de la Historia del país en cuestión y sabes que en tiempos formó parte de uno de los más grandes imperios jamás habidos, lo más probable es que te dé la sensación de que lo que prevalece es su lejanía como si de las colinas de Mordor del genial Tolkien se tratara. Nada menos que Kiev, Ucrania. Una capital de un país de la que apenas puedes responder sin temor a equivocarte que no utiliza el euro en sus transacciones comerciales, que su equipo de fútbol más conocido es el Dynamo y un detalle desconocido para todos, pero que para ti es sumamente importante y con el que además puedes marcarte un tanto mientras alternas con tus amigos en compañía de un buen Rioja: fue tomada por los Vikingos, ya antes de este año.

De modo que ahí estás, un año más. Y estás porque has perseverado sin desfallecer. Porque no has cejado en el empeño. Porque por ventura, la fortuna que te fue esquiva el día del sorteo de las entradas, ya tan lejano habiendo transcurrido quince días tan sólo, hoy se vuelve de tu lado. Y te obliga a un esfuerzo más. Esfuerzo que haces con una mixtura de superstición porque contemplas a tu alrededor las supersticiones de los que te rodean y aprecias que tu ritual de este año no es igual que el de otras ocasiones, inquietud porque a pesar de ser primavera hay muchas posibilidades de que tu cuenta corriente acabe tiritando más que un hawaiano en Siberia, y alegría infinita porque efectivamente, vuelves a estar ahí: en la Pole Position. Y ya que estás aquí no vas a venir a dar unas cuantas vueltas al circuito, no. Vienes a ser el primero en ver la bandera a cuadros bajarse a tu paso. ¡Faltaría más!

Y con todo y con esto, que como diría aquél no es moco de pavo, no deja de ser diferente porque la principal de las dificultades, el escollo de entre los escollos, la madre del cordero que es como no puede ser de otra manera el rival de la Final, ni siquiera ha ocupado un porcentaje mínimamente razonable dentro de tus preocupaciones. Y eso también te resulta extraño, te incomoda.

Porque sabes – o lo recuerdas en función de tu edad – que es el último equipo que logró arrebatarte la gloria. Porque no es un rival baladí. Nada menos que cinco veces ha ganado lo que tú ahora persigues. Su himno enamora a apasionados futboleros y a profanos en la materia. Tú les has visto jugar contra Manchester City y Roma y sabes de lo que son capaces. El nombre de su estadio, los míticos jugadores que tuvieron en el pasado y los integrantes de su plantilla actual junto con su entrenador empiezan a sonar cada vez más alto como ese hilo musical tan desagradable que se escucha mientras la espera para entrar al dentista se hace interminable. La señal es inequívoca: la fecha se acerca.

Pero no. Estabas equivocado. No es una final diferente. Al menos no tan diferente como te parecía. Y te das cuenta tú solo, sin necesidad de recibir un pescozón que te saque de tus ensoñaciones. Hay una variable que no has contemplado, obcecado como estabas en lo divergente. Eres tú. Tú vuelves a estar aquí. De nuevo y pese a todo otra Final. Tu fe y tu tesón te han traído hasta aquí a bordo de tu drakkar. Tú, que puedes ser supersticioso en ocasiones y está vez no tienes miedo de lo que pueda suponer el número trece. Y eso sólo significa una cosa. Eres del Real Madrid. Estás convencido de que la victoria es tuya. Y eso es lo que marca la diferencia. #HalaMadrid

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