
Aún sigo en estado de shock, intentando entender qué motivos pudieron llevar a Zinedine Zidane a abandonar el Real Madrid estando en la cresta de la ola. Podría ser ventajista, como lo están siendo algunos periodistas que, ahora que han visto despedirse al francés, «intuían» que algo así podría pasar.
Lo siento pero no. He de reconocer que me ha cogido a contrapie la salida de nuestro entrenador más exitoso desde tiempos de Miguel Muñoz y que nos ha llevado a cotas de éxito, especialmente internacional, que sólo conocía de oídas porque mi padre, al que añoro tanto, en esas charlas que teníamos sobre fútbol, me hablaba de ello. De las Copas de Europa en blanco y negro, de Di Stéfano, de Kopa, de Rial, de Gento, de Puskas…
Pues bien, Zidane ha dicho «basta» y ha abandonado el proyecto más ganador del Real Madrid de las últimas décadas y lo ha hecho como ya lo hizo en su etapa como futbolista. Sin dar una voz más alta que otra, sin ruido, sin alharacas ni trompetería mediática. Y sin un euro de más. Tal y como llegó.
Llega Zidane, el entrenador que no pasó del empate ante La Roda
Su llegada al primer equipo se produjo un aparentemente no muy lejano 4 de enero de 2016, en el que fue presentado de forma casi furtiva ante los medios, con un elegante chaqueta azul y acompañado por su familia y junto a Florentino Pérez (su gran valedor de siempre), en la que fue una de las apuestas más arriesgadas realizadas por la Dirección Deportiva del Real Madrid de su historia reciente.
Es cierto que Zidane se encontró con un equipo en una situación, como diría Felipe González, «razonablemente razonable», a pocos puntos de la cabeza de la tabla y clasificado con holgura para octavos de Final de la Champions, aunque eliminado de aquella manera en Copa del Rey por el «Cheryshevgate». Por tanto, daba la sensación que Benítez no había hecho aparentemente un mal trabajo.
Sin embargo, aquel vestuario parecía más un polvorín que un equipo de fútbol, con los jugadores enfrentados a su entrenador, y el equipo venía de encajar un mes antes una de las derrotas más duras ante el Barça y daba la sensación que aquello saltaría por los aires más pronto que tarde.
Por eso se optó por el cambio y, como digo, la apuesta no pudo ser más arriesgada. Fue jugar todo al rojo par, a pesar de que las matemáticas hablaban de que saldría el negro e impar. Zidane, un icono del Madridismo, era llamado a filas a pesar de que ni contaba con la experiencia ni con el bagaje esperado como entrenador para hacerse cargo de un transatlántico y encima en dificultades de la talla del Real Madrid.
Sin necesidad alguna por su parte, con infinitas más cosas que perder asumiendo ese reto, Zidane aceptó ese salto al vacío sin red que le proponía Florentino Pérez. Y ganó.
Triunfó. Contra todo. Contra todos, desde los madridistas descreídos hasta la inmensa mayoría de la prensa, que se mofó de él. Desde ser «uno que pasaba por ahí», «el póster de la Novena», «el entrenador que no pasó de un empate con La Roda» hasta ser considerado peor que Xabi Gracia, la lista de agravios por su fichaje es infinita.
El inicio de una leyenda
Pero héte tú que Zidane empezó a ganar y ese Real Madrid, abúlico y apagado cogió un impulso nuevo. A pesar de un inicio nada fácil, con un equipo destrozado anímicamente, sin cohesión y que, aunque sobrevivía en Liga, incluso llegó a tocar fondo en forma de derrota ante el Atlético de Madrid en el Bernabéu. Pero desde ese momento acabó destrozando el récord de partidos consecutivos sin perder.
En Liga acabó a un solo punto del Barça, al que vapuleó en el Nou Camp, a pesar de los denodados esfuerzo de Hernández Hernández para que no ocurriese, y lo más importante, ganó la Undécima en Milán ante el Atlético de Madrid, cuando nadie daba un duro por él, tras sobreponerse a un duro traspiés como fue la derrota por 2-0 en cuartos de final ante el Wolfsburgo, que desató las críticas sobre el francés.
Aun así, se le siguió negando el pan y la sal. Que si aún no había demostrado nada, que le faltaba recorrido, que si la «flor», que si la suerte, que si las bolas calientes, que si la abuela fuma…
El año del doblete…y como si nada
Y llegó su segunda temporada, la primera completa y lo volvió a hacer. Además de ganar los dos títulos internacionales que disputó (Supercopa europea ante el Sevilla y Mundial de Clubes ante el Kashima japonés), el Real Madrid ganó la Liga e hizo historia trayéndose para las vitrinas del Bernabéu la Duodécima ante la Juventus, convirtiéndose en el primer entrenador de la historia de la competición capaz de ganar dos Champions consecutivas.
Y todo ello, a pesar de las constantes zancadillas que la prensa le intentaba poner a diario. Que si no le gusta Isco, que si no quiere a Lucas, que si Asensio no juega lo que merece, que si Benzema juega porque es su «hermano pequeño», que si la BBC, que si es un entrenador injusto porque castiga a James o Morata, todo eran palos en la rueda del francés. Ni un sólo reconocimiento y, por contra, infinidad de críticas.
Sin embargo, su maravillosa temporada fue todo un shock para todos sus detractores, incapaces de asumir que un tipo como él, un mero «alineador» como muchos le consideraban, pudiese alcanzar estas cotas de éxito. Un éxito que sí le fue reconocido finalmente por los verdaderos profesionales del fútbol con un merecido premio al Mejor Entrenador del Año de la FIFA.
Epílogo: Del fiasco liguero a la gloria de la Champions
La última temporada ha sido un auténtico suplicio para él. A pesar de ganar tres títulos más, menores, pero títulos al fin y al cabo (Supercopas de Europa y España y el Mundial de Clubes), la mala temporada liguera, cimentada además no tanto en errores suyos como entrenador sino a veces por «factores externos» en forma de arbitrajes en la primera vuelta, y a una temprana -y dolorosa- eliminación copera ante el Leganés, supuso que sus detractores empezasen a pasarle al cobro las facturas que tenían en el cajón prácticamente desde su llegada.
Pero aún así, Zidane se rehízo, se levantó del golpe, se sacudió el polvo de la ropa y, a pesar de haber tenido la suerte de espaldas en todos los sorteos de Champions de esta temporada, acabó levantando su tercera Orejona como entrenador ante el Liverpool, terminando por sellar con éxito una temporada que empezó a torcerse demasiado pronto y que casi se lo llevó por delante.
No tanto por la falta de confianza de la Directiva en su trabajo, algo que nunca se llegó a plantear hasta el punto que fue renovado por dos años más, sino por el agotamiento y el hastío que todo esto le ha generado en su persona y que, como confesó en su despedida, le ha llevado a dimitir del cargo.
Una desconfianza que alcanzó incluso a una parte importante del Madridismo, especialmente el tuitero, que presumía de saber más de fútbol que el propio Zidane y que le despellejó masivamente, especialmente entre enero y febrero. No sólo dudando de su capacidad como técnico sino dando por hecho que la eliminatoria ante el PSG del mes de febrero sería una especie de Apocalipsis zombie que acabaría con la institución.

Afortunadamente, y como se pudo ver, eso no se produjo y a pesar de algún que otro susto, como los partidos de vuelta ante Juventus y Bayern Munich, el Real Madrid alcanzó la ansiada Final de Kiev y Zidane pudo echar el cierre a su brillante pero corta carrera como técnico en el club de la mejor forma posible.
Un hueco difícil de llenar
Ahora el hueco que deja es enorme. Infinito me atrevería a decir. Además de una profunda tristeza que, al menos a mí, sólo me había ocurrido tres veces en mi vida con la salida de un entrenador. La primera, en 1997 cuando Fabio Capello anunció que se marchaba al Milan tras un exitoso año con una plantilla ilusionante.
La segunda, aunque no por esperada menos dolorosa, cuando Mourinho acabó por tirar la toalla, hastiado de tanta persecución mediática y la traición de algunos de sus jugadores dejó el cargo en 2013.
La tercera y última vez que me impactó la marcha de un entrenador ha sido ahora, con la salida de Zidane. Y lo peor es que aún sigo sin comprender por qué. Lo tenía todo para seguir haciendo historia y sin embargo lo ha dejado en la cresta de la ola. Y encima, me deja sin ni siquiera disfrutar del derecho al pataleo. Ni siquiera puedo lanzar un solo reproche por su adiós.
No, es que encima Zidane se marcha con una mano delante y otra detrás, renunciando a los dos años que le quedaban por delante por mero Madridismo, con mayúsculas. Como ya hizo como jugador, sólo porque considera que el Real Madrid necesita otro «Libro de Estilo», otras maneras, otra forma de entrenar y piensa que con él, el equipo no volverá a ganar.
No quiero, pues, elucubrar como sí está haciendo ahora la prensa canalla e indecente que apenas media hora de la convocatoria de su ya tristemente histórica rueda de prensa no tenía ni puñetera idea del futuro de Zidane pero que, apenas 24 horas de su salida, resulta que todos sospechaban: Y por descontado, ahora todos hablan de los motivos de su marcha, a cuál más disparatado y enredador para dejar mal a la Directiva o a sus propios jugadores.
Pues bien, ahora, en su adiós, su triste adiós -que sigo sin encajar- sólo me queda acompañarle a la puerta de salida, mientras recoge sus trofeos y distinciones internacionales como entrenador y darle un fuerte abrazo virtual, al tiempo que le digo un fuerte «au revoir, Zizou… et merci pour tout».
Hasta siempre, Míster. Hasta pronto, Zinedine…
