Gareth Bale, adiós al hombre que pudo reinar

Resulta chocante que, en un mundo tan tremendamente profesionalizado como el del fútbol actual, en el que un jugador con 33 años está por regla general en una fase óptima de su carrera, un tipo como Gareth Bale haya colgado las botas.

Sí, amigos, Gareth Bale ha anunciado su retirada definitiva del fútbol a sus 33 años y tras una carrera plagada de luces y sombras pero que, tanto como madridista como capitán galés, al menos en mi caso, siempre brillará por encima de su lado oscuro, que desgraciadamente, también lo tiene.

Nacido para triunfar en el Real Madrid

Empezaré hablando de las luces: Especialmente, las de sus primeros años en los que este jugador que estaba llamado a ser el sucesor natural de Cristiano Ronaldo en el Real Madrid y, probablemente, en el Olimpo del fútbol mundial. Para el recuerdo quedará su primera temporada, marcada sin duda por tres momentos fundamentales.

El primero, el de su llegada. Un parto difícil, sin duda, en el que hasta el último día del mercado de fichajes del verano de 2013, el presidente del Tottenham, Daniel Levy, se negaba a dar su brazo a torcer y traspasar al galés, entonces ya algo más que una promesa del fútbol británico.

Sin embargo, el tesón del jugador -que amenazó incluso con dejar el fútbol si no fichaba por el club blanco- y las ganas por venir, así como los 91,3 millones de euros que el Real Madrid desembolsó por su fichaje, hicieron su magia y el 1 de septiembre de ese año, Gareth Bale era presentado en el palco del Bernabéu.

Pronto se vio que este chico iba a ser especial. A pesar de que tardó un par de semanas en debutar, lo hizo en el viejo El Madrigal de Villarreal marcando el primero de los 106 goles que marcó vistiendo la zamarra blanca y anticipando lo que estaba por venir esa temporada.

Entonces llegó el segundo gran momento de su incipiente carrera en el Real Madrid. Mestalla y su famosa galopada en la que casi llegó a flotar sobre el Turia, arruinando la carrera de un prometedor Bartra y su gol quedarán para el recuerdo. Un gol que daba al Real Madrid la que ha sido la última Copa del Rey del club blanco hasta la fecha.

Pero Gareth Bale había nacido no sólo para jugar finales sino para ganarlas y en Lisboa, apenas un mes, después de su primer título con el Real Madrid, abrió las puertas de la gloria con su gol de cabeza al Atlético de Madrid. Su tercer gran momento de esa temporada.

Un gol injustamente olvidado porque, si bien el gol de Ramos es por derecho propio historia viva del Madridismo, fue Bale con su tanto el que puso por delante en el marcador al Real Madrid en aquella inolvidable prórroga y dejó encarrilada la final.

Lesiones, goles y una tremenda cacería mediática

Entonces comenzó su calvario con las lesiones musculares. Y lo que es peor, su maltrato mediático. Un azote que comenzó apenas un mes de haber llegado al club cuando Marca, en uno de los más indecentes ejercicios de manipulación informativo, se inventó que el galés tenía una hernia.

Comenzaba la cacería al hombre porque todos empezaban a atisbar que estábamos ante una nueva estrella y eso es algo que Prensa Nostra, siempre al servicio del antimadridismo más feroz, no podía permitir.

No pudieron con Cristiano Ronaldo tras dos años de persecución implacable y había que buscar un nuevo objetivo que dinamitar y encontraron en el galés su pim-pam-pum ideal.

Su único delito, lesionarse. Y su gusto por el golf. Falsas acusaciones de que no hablaba español, de que era poco menos que un marciano, sin conexión con sus compañeros. Calificativos como «despojo humano»; «jeta, «sinvergüenza» y «El Coletas». Y por ahí empezaron a atacarle sin piedad.

Y es verdad que el galés sufrió muchísimas lesiones musculares a lo largo de su carrera, especialmente en su segunda temporada en Madrid, pero ni por esas lograron derribarle.

Milán y el gol del cojo

Es más, todo lo contrario. Su figura se engrandeció aún más y su imagen, arrastrando la pierna y llevándose la mano a la ingle tras anotar su penalti en la mítica tanda de Mián ante el Atlético de Madrid, se convirtió en un icono para el Madridismo. Era su segundo gol en una final de Champions y su segundo título europeo en tres temporadas y su figura creció exponencialmente.

Bale, que en la temporada 2015/2016 había culminado un tercio final increíble, con Cristiano Ronaldo lesionado, echándose el equipo a la espalda en su persecución al Barça en la lucha por la Liga, también firmó una Euroocopa maravillosa, liderando a su país y llevándolo hasta las semifinales, en las que perdió ante Portugal.

Y el inicio de la temporada 2016/2017 no podía haber sido mejor. En una forma espectacular, Bale seguía siendo uno de los mejores delanteros del mundo. Pero llegó un fatídico 22 de noviembre de 2016 . En el estadio José Alvalade de Lisboa, el uruguayo Coates llegaba tarde a un balón y de una patada inmisericorde, rompía el tobillo del galés y con él su carrera deportiva.

Comenzó un calvario de operaciones, una recuperación mal llevada y una vuelta precipitada a los terrenos de juego que provocó una nueva lesión, que hizo que se perdiese casi toda la temporada. Y aunque se recuperó para jugar su tercera final de Champions, que además era en su Cardiff natal, ya no volvería a ser el mismo. Y eso que asumió con excelente deportividad y caballerosidad su suplencia, a pesar de que lo que estaba en juego era su presencia en una nueva final europea y, para más «inri», ante su público.

En cualquier caso y, aunque como era de esperar, Bale apenas jugó unos minutos de aquella maravillosa final ante la Juventus, el caso es que el galés se hacía con su tercer entorchado continental.

Kiev, el inicio del final

Empezó entonces su lento pero inexorable declive. Sin esa chispa y sobre todo, sin la continuidad que las lesiones le estaban impidiendo tener, Bale perdió su puesto como titular indiscutible en la mítica «BBC», junto a Benzema y Cristiano Ronaldo y su peso en el equipo se fue diluyendo hasta convertirse en una especie de suplente de lujo que, además, parecía encajar cada vez peor su situación.

Pero curiosamente, cuando peor estaban las cosas para Bale llegó la final de Champions en Kiev ante el Liverpool y el que, al menos para mí, ha sido su momento álgido como jugador del Real Madrid.

El galés, que había sido suplente en dicho partido, salió en la segunda parte y dejó para la memoria no sólo del Madridismo sino del fútbol mundial su remate de chilena con el que abría de par en par las puertas de la historia del club. Un tanto al que añadir después otro más y con ellos el Real Madrid se hacía con su tercera Champions consecutiva y el galés sumba su cuarta Orejona.

A partir de ahí todo se derrumbó. Primero, cuando empañó la celebración de aquel título cuando dijo en la rueda de prensa que había hablado con su agente para que le buscase equipo dado que ya no era titular.

Pero sobre todo cuando, tras el verano de 2018, el Real Madrid perdió a Cristiano Ronaldo, traspasado a la JUventus por 100 milones de euros y Bale, que se supone era ya su sucesor natural, no dio el paso adelante que todos esperábamos.

Cuesta abajo y sin frenos

Entre las lesiones y un rendimento tremendamente irregular, al que no ayudó para nada la inestabilidad deportiva vivida en el club y la crisis de resutlados que obligó a cambiar hasta en tres ocasiones de entrenador en ese temporada, el caso es que Bale se deshizo como un azucarillo y no fue ese líder que el equipo esperaba. El trono de CR7 se quedó vacante.

El declive de Bale fue tan espectacular y pronunciado como se han visto pocos en la historia del Deporte profesional. Llegaron entonces enfrentamientos soterrados (y no tan soterrados) con ZIdane, su frustrada marcha a China, las «rajadas» de su agente, Barnett. Lesiones, más lesiones, sus idas y venidas con el golf.

Y de nuevo, la persecución inmisericorde de la prensa, que aprovechó su caída para cobrar las facturas que habían guardado durante cinco años en el cajón. Y a fe que se las cobraron. Fue objeto de escarnio casi diario.

Y para colmo, su triste episodio, absolutamente sacado de contexto con la famosa pancarta de «Golf. Gales. Madrid. En ese orden». Una broma que, debidamente manipulada y que el galés portó (ni squiera la sacó él) tras lograr la clasificación para la Eurocopa de 2020 con su país, supuso que el público del Bernabéu dictase sentencia condenatoria y sin juicio, Sus días en Madrid estaban, pues, contados.

Un carrera tirada a la basura de la forma más terrible y que no pudo salvar ni siquiera un año en su adorado Tottenham, que le recibió como a un héroe y que, salvo unos pequeños destellos, sólo sirvió para certficar la defunción de la carrera de un tipo que tocó el cielo y que a los 30 años se había convertido desgraciadamente en todo lo que no era y de lo que injustamente le habían acusado todos estos años.

Un personaje indolente, frío, sin la más elemental pasión por el fútbol y más preocupado por jugar con su país, para el que el Deporte profesional parecía haber pasado a un segundo plano.

Incapaces de encontrarle acomodo en otro lugar, el Real Madrid tuvo que apechugar con él en su último año de contrato donde prácticamente se convirtió en un jarrón chino y, al menos, tuvo la oportunidad de ampliar su palmarés con una nueva Liga, otra Supercopa de España y, lo más importante, su quinta Champions League.

Un epílogo de lujo para una carrera tirstemente echada a la basura que tuvo su colofón con su marcha a EE.UU. como trampolín para intentar su último baile en Qatar con su país pero no pudo ser. Gales cayó eliminada y Bale ha decidido poner las botas y echar el cierre.

Ahora podrá disfrutar de la vida y ya, sin el foco mediático encima, será feliz plenamente. Quizás entonces, con la perspectiva del paso del tiempo, eche la mirada atrás y se dé cuenta de lo que pudo haber sido, y pese a que fue, debió haber durado mucho más. Al menos, sabrá cuán feliz nos hizo y el lugar que, sin duda, la historia le deparará.

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