Luka Modrić no es un futbolista al uso, ni siquiera un centrocampista al uso. Su desgarbado aspecto físico, con una nariz aguileña y unos ojos que vagamente traen a la memoria la imagen de Johann Cruyff, coronados con una perenne melena rubia, no sugiere en absoluto que detrás se esconde la más estética y enigmática mezcla del fútbol moderno: la perfecta unión entre la alegría del preciosismo brasileño y la fría eficacia cerebral de los alemanes, todo ello sin ser lo uno o lo otro.
Es imposible entender la figura del dálmata conociendo las circunstancias de su niñez. Desplazado como tantos otros durante las guerras de disolución de Yugoslavia, en una crisis que, tal y como sucedería cuarto de siglo más tarde, sacaría las vergüenzas de Europa ante el mundo. Su abuelo, asesinado por los hijos de esa entidad sedienta de sangre que fue la República de Krajina. Él, dejando la ciudad de Zadar para sobrevivir, junto a su familia, en hoteles en los que el hacinamiento era la norma. Digo que es imposible de entender, pues de esas circunstancias, las menos indicadas para hacer que surja algo bello, precisamente surgió uno de los más hermosos estilistas del balompié europeo.
Llegados a este punto es menester dar un gran salto en el tiempo. De los sangrientos Balcanes de principios de los 90 a la bulliciosa y cosmopolita Madrid de 2012. Entre medias, Zagreb, Mostar, Zaprešić, Zagreb otra vez y Londres. No son años buenos para el equipo capitalino. Emulando al bravo pueblo numantino, un grupo de jugadores liderados por un entrenador portugués, rodeados de enemigos por todos lados, con numerosos frentes abiertos por entidades propias y ajenas al club, son los únicos que plantan cara al FC Barcelona de Guardiola y del llorado Vilanova, ganando un Campeonato de Liga con unos números que a día de hoy no se han podido superar, pero con el contador de Copas de Europa aparentemente detenido para siempre en nueve. En esta situación, se anuncia la llegada de un centrocampista croata proveniente del Tottenham. En la prensa barcelonista, su aspecto aniñado es motivo de chanza, mientras que los grandes analistas del fútbol patrio (válgame la redundancia entre ambos conceptos) se lanzan al cuello del mánager luso por osar traer a un jugador “promedio” mientras rechazaba la contratación de grandes promesas españolas. No deja de ser un tanto irónico que dos de las grandes apuestas personales de este director técnico fueran tan denostadas en su día como alabadas actualmente, en muchos casos la segunda actividad realizada por los mismos que realizaron la primera.

Casi seis años después, y con un palmarés ciertamente abultado, Luka Modrić se ha convertido en uno de esos renglones torcidos con los que Dios escribe recto. El croata es un hijo del silencio, no sólo por su elegante discreción frente a los medios de comunicación, sino por el admirativo vacío que crea en los estadios cada vez que tiene el balón en los pies. Cada cambio de ritmo, inefable destructor de las caderas del rival, es recibido con los síntomas de un síndrome de Stendhal en estado avanzado. Cada pase con la parte exterior del pie, suave caricia al cuero que enloquece defensas contrarias, de textura similar a la Proserpina de Bernini, sólo viene seguido por la interjección que denota la ceguera de la razón ante la belleza llevada a su máxima expresión. Cada disparo desde fuera del área tiene la brutalidad de un Herodes enloquecido que hace de la escuadra contraria su particular Mesías, y que ejecuta con la sublimidad de Peter Brueghel retratando este episodio bíblico. La suma de esas aptitudes aparentemente contradictorias han formado una de los elementos más raros, y a la vez, más valiosos, del deporte mundial. Ese renglón tan torcido que es recto.
Los años pasan, y desgraciadamente, la edad no perdona. No es descabellado decir que asistimos a los últimos compases de la carrera del de Dalmacia: requiere poco a poco de más descansos y cada año le cuesta más llegar sin lesionarse al último tramo de la temporada. La desgarradora evidencia nos hiere a los que amamos al Real Madrid y a este deporte. Por ello, disfrutemos de cada uno de los partidos en los que Lukita tenga la batuta en sus manos y dirija la orquesta. A día de hoy, no hay jugador que haya sido a ocupar su puesto, y mucho menos que pueda ser comparado con él, y no me parece una locura pensar que no lo encontraremos jamás.

Disfrutad, pues dentro de unos años podréis decir a una nueva generación que le visteis jugar. Cualquier recopilatorio de estridente música electrónica se quedará corto para explicar qué clase de jugador fue, y mucho menos para hacer ver el silencio y la poesía que emanaban de sus botas. Es, incluso, vuestro sacrosanto deber si decís amar el fútbol. Eso es Luka Modrić. Silencio. Poesía. El verso encarnado en la desgalichada figura de un niño de la guerra. El verso hecho fútbol.
