Piano, piano

Piano, piano o “lentamente”, llegó el desastre, la desaparición del Real Madrid tal y como muchos lo conocen desde su fundación… allá por los años del colegio donde iban a instruirse. ¿De qué? Nadie lo sabe con seguridad, pero lo defienden como la única verdad plausible.

Aquello de “Cabeza, Corazón y Cojones” que acuñó Alcaraz y luego repitió como gran verdad Carlo, hacía soñar hasta al más escéptico de que todo era posible, si ya lo unimos a la palabra “remontada” que escuchamos entre risas tímidas en las declaraciones de Jude ante los medios antes del partido. No quería hacerme ilusiones, pero sí quería creer.

¿Qué es de un aficionado al fútbol y seguidor ferviente del mejor equipo del mundo (porque aún lo somos), si no creemos posible cualquier hazaña de nuestro grupo de jugadores? Ahí estaba yo, sola bajo la manta y delante de la televisión con un miedo atroz y deseando que el balón se pusiera en marcha sobre el verde.

No quería verlo con nadie; mi pareja estaba en el campo y el resto de conocidos no parecían encajar con mi forma de vivir mi madridismo. Durante la tarde había oído arengas como “jugar con cabeza, sin prisas, ser equipo”, pero cuando llegó el momento ninguna de ellas me ayudaban, ni siquiera escuchar a Paul Breitner asombrado con el nuevo estadio y hablando de las remontadas de antaño, dejaban mis nervios detrás de cualquier cojín. No, era imposible… hasta que oí el pitido que daba comienzo al partido.

Me erguí y respiré hondo. Primera jugada y… gol a anulado a Mbappè por estar al menos un metro fuera de juego. Sí, una continuidad de lo que vemos casi en cualquier partido. Partidos menos importantes. Partidos de esa LigaNegreira que no deja de pisarnos un día sí y otro también.

No me llegaba el ambiente que se debe respirar en el Bernabéu. No se sentía, y por lo tanto los jugadores tampoco parecían vivirlo. Igual es que no creían desde un principio y pensaron que el engaño sería la mejor opción… No para aquellos aficionados que en el estadio aplaudieron al finalizar el encuentro.

¿Qué se aplaudía? ¿Cómo se habían dejado la piel en Inglaterra? ¿O cómo lo hicieron en nuestro propio feudo? Sí, debió ser eso. O quizá aplaudían el cambio que esperaban de entrenador hacía meses ya. Cualquiera les parecía valer y ahora mismo aún les vale. Kloop, Alonso, o su vecino del segundo.

Mientras se fuera el entrenador que no había ganado nada y al que solo hay que agradecer su nulidad a nuestras vitrinas… todo estaría bien. Cosas como estas, y peores, se podían leer en la fantástica red social X donde entrenadores de sofá, eminencias no descubiertas y soluciones que no creen que Florentino tenga y por lo tanto se puede ir con Carlo, nos devolvían al «Sálvame» futbolístico de todos aquellos que creen saber más que nadie.

¿Solución? La destrucción más absoluta de un club que tuvo sus momentos, pero tampoco nada del otro mundo. Y lo dicen con la boca bien abierta y sin aceptar réplicas…

El circo del VAR, de nuestro francés que vino provocando casi un enfrentamiento diplomático y se desdibujó cuando más hacía falta, un equipo que nunca fue tal… Preguntas, preguntas y más preguntas que no tendrán respuestas adecuadas. Aún faltan torneos por jugar, el fútbol también es esto, y más aún cuando le echan lodo por encima nuestros amigos periodistas que se arriman al sol que más calienta y ahora lo que vende es hacer leña del árbol caído.

No recuerdan, no quieren hacerlo. Tergiversan. Bromean con mal gusto y aplauden los comentarios vacíos de aficiones rivales mientras olvidan que el Madrid nunca muere y menos aún olvida. Carvajal supo ser él mismo aún sin poderse vestir de corto, y dijo dos cositas a Saka que deberían haber convertido en goles, o oportunidades al menos, sus compañeros en el campo.

Solo podemos esperar. A la final de La Copa del Rey, al Mundial de cubes y no adelantar acontecimientos que desconocemos. ¿Lo hacemos juntos?

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