
Lo del Comité Técnico de Árbitros es como el Monstruo del Lago Ness: todo el mundo sabe que existe, pero nadie ha conseguido fotografiarlo sin niebla. Y, cuando por fin asoma la aletilla del cargo, el recién estrenado presidente del CTA, Fran Soto -hombre con nombre de lateral suplente en una Copa del Rey del 97- se descuelga con unas declaraciones que harían ruborizar a un trilero del Rastro.
«¿El caso Negreira?: Un caso medio puntual”, dice Soto, con una cara más dura que el cráneo de Migueli. Medio puntual. Como si pagar al menos 8,4 millones de euros durante, al menos 17 años al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros fuera un olvido tonto de contabilidad, un descuido en el Bizum, una suscripción premium a la corrupción que se olvidaron de cancelar a tiempo. Medio puntual, dice. Medio. Como si a Jack el Destripador lo pillasen con el cuchillo en la mano y dijera que fue una agresión “medio espontánea”.
Fran Soto -al parecer, aficionado al Barça, según se comenta en los mentideros del periodismo incómodo, que es el único que queda con algo de integridad- no ha venido a hablar del pasado. Él viene a hablar del futuro. Vaya usted a saber cuál, porque el presente ya apesta como un vestuario de Regional Preferente en agosto. Cuando a un presidente del CTA le preguntas por el mayor escándalo arbitral de la historia de Europa y te responde como si le hubieran consultado por la Guerra de los Treinta Años, algo huele a podrido. Y no son croquetas degradadas.
La estrategia es clara: negarlo todo, minimizar lo innegable, convertir la hemeroteca en papel mojado. “Está judicializado”, dice Soto, con esa sonrisa que sólo tienen los que ya han hecho carrera en despachos donde la justicia y el fair play están embalsamados en formol.
Que lo dirima un juez, dicen ahora todos los cómplices, con las manos bien lavadas en el barreño de Pilatos. Habrá sentencia, si, en el siglo que sea, si, después de los recurso pertinentes, pero si las instituciones deportivas no se atreven ni a pedir una mísera sanción al club que se ha pasado el decoro por el forro de las medias blaugranas durante dos décadas, ni purga hasta la expulsión a todo trencilla o chiflador que haya tenido algún tipo de contacto con Negreira, su hijo, Medina Cantalejo, Clos Gómez, Villar, Rubiales y la madre que los parió, es como el que tiene tos y se rasca las partes gonadescas de su cuerpo.
Porque no olvidemos, lectores, de qué hablamos. Ese club del que usted me habla, pagó durante, al menos, 17 años (yo creo que desde 1992, pero no está documentado aún) a Enríquez Negreira, número dos del arbitraje español, para obtener “asesoramiento técnico”. Es decir, para que los árbitros “supieran lo que se esperaba de ellos”.
¿Qué se espera de un árbitro cuando te cae una transferencia cada mes desde las arcas de un club que dice representar valores? ¿Que pite con ecuanimidad? ¿O que disimule con arte? El resultado fue una colección de escándalos arbitrales que ya quisieran para sí las películas de Scorsese: penaltis a favor por respirar y en contra por pensar, rojas ignoradas, tanganas impunes, líneas de VAR trazadas con tiralíneas en ángulo recto a conveniencia. El botín fue jugoso: una ristra de Ligas y Copas que, si existiera justicia deportiva, deberían estar ya en el contenedor de reciclaje de títulos adulterados.

Pero no. Llegó Soto, el hombre nuevo, el rostro del cambio, y vino a hablar del futuro. Que se aparte el pasado. Que se entierre la memoria. Que no haya piedad, amigo, que lo que cuenta es mirar adelante, como si el pasado fuera una mancha de humedad en el techo que basta con pintar por encima. Y eso sí que no.
Porque sin pasado no hay justicia. Y sin justicia no hay futuro. Al menos, no uno limpio. Lo que propone Fran Soto es una refundación sin penitencia. Como si un camello se metiera a dietista sin antes cerrar el chiringuito.
Como si el Vaticano hubiese intentado arreglar sus escándalos de pederastia diciendo que, bueno, eran “casos medio puntuales” y que ahora lo importante es mirar hacia adelante, construir, pasar página. Pero el fútbol no es una novela de autoayuda. No se supera el trauma pintando mandalas. Aquí hacen falta sanciones, depuraciones, dimisiones y escarmientos. Y, sobre todo, un mínimo de vergüenza.
Pero no. En vez de eso, nos colocan a un hombre que parece más dispuesto a comerse una calçotada con Laporta que a limpiar el lodo donde se pudren los restos del prestigio arbitral. A Fran Soto no se le nota incómodo con la sospecha. Se le nota resignado. Como si asumiera que el lodazal viene de serie, que lo suyo es capear el chapapote sin molestar a los tiburones. Como si estuviera ahí no para regenerar nada, sino para garantizar que el chiringuito siga abierto, pero con cortinas nuevas.
¿Y dónde está la prensa? ¿Dónde están los grandes analistas? ¿Dónde los adalides del «respeto al árbitro»? Bien, gracias. Muchos de ellos más ocupados en denunciar el penalti a Vinicius que en preguntar por qué al club cliente de Negreira no le han caído ni tres puntos de sanción. Porque claro, eso sería molestar al poder. Y molestar al poder es jugar con fuego, incluso si el fuego está avivado por maletines, sobres y llamadas que nunca dejan rastro.
Eso sí, desde La Liga ya se está medio amenazando con sancionar al Real Madrid por los vídeos de RMTV en los que, simplemente, se ponen blanco sobre negro los desmanes de los titiriteros del chifle y la corneta piteril contra el club más laureado, limpio y aseado del mundo, ahí si sancionamos. De traca.
Mientras tanto, el madridismo asiste a este vodevil con una mezcla de asco y resignación. Porque sabe que el problema no es Fran Soto. El problema es que Fran Soto es perfectamente funcional para un sistema que lleva años maquillando la trampa con discursos de transparencia. La corrupción no necesita ladrones: le basta con operarios obedientes. Y Soto, hasta la fecha, lo es.
Lo que nos propone el nuevo presidente del CTA es un olvido institucional. Una lobotomía ética. Una absolución preventiva. Un mañana sin ayer. Pero aquí no compramos billetes para ese tren. Aquí exigimos cuentas. Nombres. Responsabilidades. Aquí no tragamos con que Negreira fue un episodio aislado. Fue el eje. El corazón de un mecanismo diseñado para favorecer al mès que un club de la capital de ese país pequeñito de ahí arriba y garantizar que el relato sobreviviera a los hechos.
Soto quiere hablar del futuro. Pues que empiece dimitiendo. Ese sería un buen primer paso. Luego, que venga alguien sin vínculos ni simpatías. Alguien que no se trague sapos por mantener la poltrona. Alguien que no diga “medio puntual” cuando lo que tiene delante es una ciénaga de dimensiones bíblicas. Pero no. Lo que tenemos es a Fran Soto, portero de discoteca institucional, dejando pasar a los de siempre y negando la entrada a la decencia.
No hay futuro posible sin depuración. Sin transparencia. Sin castigo. Y mientras el CTA siga presidido por tipos que niegan la evidencia con una sonrisa de PowerPoint, el fútbol español seguirá siendo una caricatura grotesca, una tragicomedia de árbitros que no pitan lo que ven y presidentes que no ven lo que pitan.
Y si algún día el futuro llega, que no lo traiga Fran Soto. Porque su idea de lo que viene es más bien lo que nunca se fue: la podredumbre con otra corbata. El chanchullo con otro nombre. El Negreirato disfrazado de normalidad.
Ya saben, queridos lectores, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡¡Hala Madrid!!
