Real Madrid 2-1 Valencia: «Jugando con fuego»

El Real Madrid ha sumado tres importantísimos puntos en su lucha por este título de Liga en una más que sufrida victoria ante el Valencia. Un triunfo agónico, logrado casi al final con un gol de Marcelo, justo cuando peor se le ponían las cosas.
Pero el Madrid, que lleva en su ADN -y especialmente esta temporada- no rendirse jamás, se rehizo, devolviendo la alegría a unas gradas, que se quedaron petrificadas tras el tanto de falta directa de Parejo a tan solo 10 minutos del final.
Y es que para remontarle a uno de los más flojos Valencias que recuerdo estos últimos años, tans solo hizo falta aplicar una actitud que distó mucho, tanto en intensidad como en verticalidad, de la que hizo gala el equipo blanco hasta el empate del equipo ché.
¿Y por qué este cambio de actitud? Muy sencillo, porque, salvo el cambio obligado de Bale por James, Zidane volvió a confiar en su «once» de gala. En lo que se ha dado en denominar su «Primera Unidad» o como diría el inefable John Benjamin Toshack, en los «11 cabrones de siempre», olvidándose de aquellos que brillaron con luz propia apenas 72 horas antes en Riazor.
Un equipo plano en la primera parte
El resultado de confiar en el equipo considerado como titular fue el mismo que el de hace una semana ante el Barcelona. Un equipo plano, sin alma, que jugaba andando y con una actitud que distaba mucho de ser la necesaria en un partido en el que literalmente se estaban jugando el título.
Por eso a nadie pudo extrañarle que, cuando todavía había espectadores tomando asiento en sus localidades, un error garrafal de Sergio Ramos, que midió mal en su salto, habilitó a Santi Mina, dejándole solo ante Navas.
El costarricense sacó muy bien el balón al joven delantero gallego pero el rechace le favoreció a éste, pero su segundo disparo, ya bastante forzado, se estrelló en la cepa del poste, saliendo fuera.
Sin perder demasiado la compostura, el Real Madrid se fue asentando poco a poco en el campo. El Valencia, insisto, muy flojo ayer en todas sus líneas, optó por replegarse atrás, renunciando al balón sin que durante muchos minutos pudiese salir de su campo.

Sin embargo, ese dominio era más ficticio que otra cosa en tanto en cuanto, el Madrid movía la pelota con un ritmo cansino y sin apenas idea ni intensidad, con un fútbol bastante previsible, basado únicamente en abrir a las bandas e intentar colgar balones a Benzema y Cristiano Ronaldo, pero sin crear excesivo peligro.
Sin apenas oportunidades en los primeros 20 minutos, el Madrid depositó todas sus esperanzas en las internadas de James y Carvajal, escasamente acompañados por sus compañeros. Especialmente en el ataque, donde a Cristiano no le salía nada y Benzema seguía sin haber siquiera roto a sudar, absolutamente inédito.
Pese a todo, y fruto de esa ausencia absoluta de intensidad y ritmo, de nuevo un fallo clamoroso de concentración de la defensa madridista, en el minuto 22 Orellana llevó el desasosiego a la grada, cuando casi sin querer, se encontró prácticamente solo en la frontal del área de Navas, pero su remate flojo y desviado se marchó fuera.
En el minuto 25, el colombiano James avisó seriamente a balón parado pero su lanzamiento desde la derecha, con demasiada rosca, se marchó pegado a la cruceta. Esto ayudó a desperezarse al equipo y, apenas un minuto después, el duro trabajo de Carvajal por su banda tuvo por fin su fruto cuando un nuevo centro del lateral de Leganés al corazón del área encontró la cabeza de Cristiano Ronaldo, anotando el primer tanto de la tarde.
A partir de ahí, poco o nada más se pudo ver relevante en esta primera mitad ya que, entre que el Valencia no daba muestras de peligro y que el Madrid decidió dormir el partido volviendo a su ritmo cansino, apenas hubo para más.
Salvo un posible penalti por manos de Lato reclamado por James, que el colegiado Gil Manzano acertó en no señalar pues el balón le impactó en el cuerpo y un disparo lejano de Munir, con el tiempo casi cumplido, fueron las dos únicas notas reseñables en esos minutos.
De nuevo apelando a la épica
La segunda parte lejos de cambiar, continuó de la misma forma. El Madrid dominando el juego pero sin crear ocasiones y el Valencia encerrado atrás, esperando su oportunidad en alguna contra.
Con mucha imprecisión en los pases y con un Benzema sencillmente desesperante, el Madrid no terminaba de carburar. Aun así, el galo tuvo en sus botas la sentencia tras una gran jugada pero su disparo se estampó contra el poste de Diego Alves.

Y un minuto después, llegó la más clara oportunidad de haber cerrado el partido cuando Modric era zarandeado literalmente por Parejo dentró del área y Gil Manzano decretó penalti. Pero entre que Cristiano lanzó flojo y mal y que Alves es uno de los mejores porteros de Europa en la suerte de los lanzamientos desde los 11 metros, el penalti se fue al limbo.
Aun así, llegados a la hora de partido, el francés tuvo en sus botas una nueva posibilidad de sentenciar, tras una bonita triangulación entre Modric, James y el propio Benzema pero su disparo se fue a las nubes.
A partir de ese momento el Madrid, bien por desidia, bien por miedo al fracaso, empezó a recular y le dio el centro del campo al Valencia, que no desaprovechó el regalo y comenzó a dominar el encuentro.
El primero de los sustos llegó en el minuto 70 cuando un balón largo colgado desde el centro del campo a la espalda de un nuevamente despistado Sergio Ramos era cabeceado por el recién incorporado Rodrigo por encima de la portería de Navas.
En una película que, desgraciadamente, ya hemos visto muchas veces con este equipo, el Madrid se mostraba cada vez más nervioso, con una excesiva imprecisión en los pases y a perder paulatinamente el control del partido hizo que se extendió entre los aficionados la sensación de que se iba a acabar sufriendo.
Y así fue. Nada más recuperarse de un pequeño susto motivado por un encontronazo entre Lato y Cristiano Ronaldo contra el poste de la portería de Alves, tras un pase desde la izquierda de Marco Asensio, que había entrado minutos antes por James, llegó lo que todo el mundo estaba previendo.
En el minuto 80, una falta tan estúpida como peligrosa de Casemiro en el vértice derecho del área del Madrid era botada magníficamente por Parejo a la misma escuadra de Navas, que nada pudo hacer por evitar el empate.
Y esta historia, que ya hemos vivido tantas veces, y de nuevo con el agua al cuello, supuso el despertar de la bestia, hasta ahora dormida.
De nuevo, el enésimo toque a rebato para que el Madrid, de nuevo tirando de épica, pudiese ganar un partido que se le había complicado sobremanera y complicarse aún más la vida en su lucha por esta Liga.
Pero el Real Madrid tiene estas cosas. Para lo malo pero también para lo bueno y si hay un terreno en el que este equipo se mueve como pez en el agua es el de lo que algunos llaman el orden del caos, en esta especie de ruleta rusa que supone el todo o nada.

Y, como en otras tantas ocasiones, la llamada a la heroica tuvo su recompensa a falta tan solo de cuatro minutos para cumplirse el tiempo reglamentario. Un saque de banda desde la derecha dio pie a que Morata, con sombrero incluido, cruzase el balón al otro extremo del área.
Allí se encontró a Marcelo quien, tras un par de recortes hacia el interior, logró colar el esférico por el único hueco que dejó el mar de piernas que poblaba el área valencianista, desatando la locura.
A partir de ese momento y, con el Valencia absolutamente roto por el duro golpe, el partido se jugó bien poco. Hubo tiempo, eso sí, para que Lucas Vázquez entrase en el campo por Luka Modric, antes de que Gil Manzano pitase el final y estos tres puntos se quedasen en casa.
Tres puntos absolutamente de oro basados una vez más en el sufrimiento, así como una final menos que disputar en esta larguísima y dura carrera hacia el título liguero.
Sin embargo, esta victoria deja un sabor de boca agridulce porque, si bien nos acerca un poco más a la Liga, demuestra que hay jugadores en este momento que no pueden ni deben permitirse la relajación ni la falta de actitud que hemos visto hoy frente al empuje y entusiasmo de otros.
Por tanto, espero que esta nueva llamada de atención despierte por fin en Zidane su celo meritocrático y vuelva a confiar en aquellos que mejor están y no sólo en el apellido que portan sus camisetas, justo encima de sus dorsales.
