El pasado 11 de junio de 2017 se recordará por la dignificación y enfangamiento que los españoles Rafa Nadal y Pep Guardiola respectivamente, hicieron de toda aquella idea a la que un día unos viejos labriegos llamaron patria.
España, que por tener tiene hasta cerdos en su corral de arriba, vibró de emoción con la mayor obra que las ensaimadas han hecho por este extraño país. Un chico de unos 30 años de inmortalidad, se endosó (o endiosó) la friolera de 10 Roland Garros en la siempre tierra batida (por él) del Paris más ‘belle epoque’.
Antes, unos campanarios más abajo, se reunieron en la clandestinidad de Cataluña, la más falsa masa represora y apátrida, que se se recuerda desde que Pepe Botella nos hizo cantar La Marsellesa, en su asalto por la libertad francoespañola.
Allí, en Catalonia, entre cánticos ‘nazionalistas’ por un futuro mejor, van mamando de la teta de España estos pseudocatalanistas, mientras que el resto de españoles comenzábamos a vibrar con cada punto que Rafa Nadal gestaba en el parto de su Décima copa de ‘Euroland’ Garros.

Curioso como la patria de Pepe Botella homenajea a uno de tus hijos, mientras otros de nuestros Caínes escupen a la madre patria con la libertad que ellos mismos pregonan no tener. Libertad, libertinaje y líbranos del mal mi señor. Pez Guardiola, peligroso tiburón el que hemos críado.

Rafael Nadal en cambio, siempre labró su historia en la mayor exposición física y psíquica que un humano puede y debe hacer de su cuerpo. Madridista de por vida y futuro heredero de don Florentino Pérez como presidente del Real, siempre siguió los valores que no ‘valors’, que su club de cuna le enseñó. Esfuerzo, dedicación y grandes cantidades de reveses a todo enemigo que atreva siquiera a juzgarle. Porque ante tus insultos, mi respuesta; ante tu izquierda, mi derecha y ante tu odio, mi sonrisa más eterna con la seguridad constitucional de que en tu cartera, tu carnet de identidad se viste con la misma bandera hermosa que el mío.
-»Dientes, dientes, que eso es lo que les jode».
Mientras tanto la profecía de Manacor se fue cumpliendo, conforme aquel niño hecho Dios, iba ganando títulos de Roland Garros tan numéricamente sinónimos, como el Madrid conquistaba Copas de Europa.
Séptima, octava, novena, décima…y Cibeles gritaba con cada bola, que a Wawrinka se le escapa por la línea de fondo.
Y es que mientras en España queden hombres y mujeres con el corazón de Rafael Nadal de Manacor, ningún Pepe Botella, ni Pep Guardiola de Sampedor, podrán con el país más increíblemente extraño que unos viejos labriegos crearon un día.
Se llama España y aunque batida, nunca volverá a permitir que su tierra muera vencida. En Francia necesitaron una guerra para comprenderlo y ahora nuestro himno suena en París en cada junio del año.
Juego, set y partido para Nadal. Mientras tanto Guardiola en un taxi cualquiera de Cataluña, trata de explicar al taxista porqué antes jugaba con España, cobraba de Qatar y vivía como ahora él reniega que vivan los demás.
¿Te ha gustado el artículo? ¡SUSCRÍBETE y no te pierdas nada!
[wysija_form id=»1″]

«Nuestros Caínes escupen a la madre patria con la libertad que ellos mismos pregonan no tener». Difícil explicarlo mejor. Gracias a esas casualidades de la vida, el domingo pudimos contemplar las imágenes antagónicas de Rafa escuchando el himno mientras le tiembla el labio para no llorar, enfrentado al Pep mentiroso que implora la ayuda de la comunidad internacional ante un estado opresor mientras esgrimen sus peceras. Tan falso el niñato de Santpedor que cobrara de Catar, como sincero es en cada gesto el de Manacor.