Vidas cruzadas

Cristalerías Chamberí

Era tarde de partido importante. Se atavió para la ocasión. Camiseta, bufanda y bandera. Así salió de su casa junto a su padre. Llegaron media hora antes del comienzo. Botella de 350 cc de agua para aclarar la garganta y animar. Partido tremendo con arbitraje tremendo. Empate y casi acabado. No era, mi mucho menos, mal resultado. En el descuento, penalti en contra. Gol. Un jugador del equipo rival se encara con la grada en la que él está e insulta a todos aquellos que pudieron escucharle. Fue un jugador de esos de pelos multicolores nacidos para el jaleo y la bronca. Hasta ahí podía llegar la broma, más a más, después del arbitraje de Ojo de Águila. Y sin pensarlo, lanzó su botella de agua medio vacía hacia la montonera de jugadores rivales que celebraban el gol de penalti y de victoria.

Bingo. La botella cayó en mitad del grupo de celebrantes. Cayeron dos al suelo y otros tres o cuatro se tambalearon víctimas del tremebundo impacto y/o de la onda expansiva. Se miró las manos, atónito e incrédulo. ¿Qué había lanzado?, se preguntó. Hizo un rápido cálculo. Botella de plástico a medio llenar. No más allá de 200 gramos que, al ser lanzada sin tapón, fue perdiendo liquido en su vuelo. Entre 100 y 150 gramos al llegar a su objetivo. Con tan poca masa, la fuerza del impacto debió ser una mierda. Lo había estudiado en el colegio cuando aquello de la energía cinética y potencial. Su padre le miró con ojos recriminatorios. Él bajó los suyos, víctima del arrepentimiento instantáneo. Y recordó las palabras admonitorias de su padre aquella vez que vio en la tele como un chaval, en esa misma grada, de unos once o doce años se hartaba de llamar hijo de puta a Iker Casillas, con la complicidad de las risas de un adulto que le acompañaba (que él dedujo que era el  padre de la criatura). Y se arrepintió sinceramente. Y se preguntó si ese sentimiento de arrepentimiento sería compartido por la media docena de comediantes, groseros y maleducados, que él estaba viendo en esos momentos, allí abajo, celebrar un gol.

Se pasó una mano por su cóncava cabeza calva. Periodista, sin ser periodista. Se dedicaba a eso de los números y las estadísticas. Acababa de ver ganar a su equipo gracias a un penalti en el descuento. Gran alegría. Era un campo difícil y hostil. Ese triunfo permitía a su equipo seguir en la pelea. Lo que aconteció después del gol le gustó menos y le dejó un sabor agridulce. No era ajeno a la fama de comediantes que la mayoría de los jugadores de su equipo favorito se habían ido ganando a pulso durante tanto tiempo. La retransmisión en directo del desplome y/o tambaleo de media docena de ellos tras el impacto de una botella de plástico con apenas dos o tres dedos de agua, iba ser motivo de descojone en todo el mundo.  Eso le preocupó. Ya eran demasiadas escenas.

Al día siguiente, se presentó, todavía preocupado, en la emisora de radio para comentar el partido del máximo rival de su equipo favorito. Los memes, tuits y comentarios en redes sociales a causa de la escenita del día anterior no hicieron otra cosa que aumentar su preocupación. Y lo que te rondaré morena. En su fuero interno, sabía que el ridículo haría fortuna. Vio, taciturno, el partido del rival entre la esperanza del resultado y la intranquilidad del penoso espectáculo digno de Els comediants del día anterior. Y el rival marcó el gol de la victoria cuando apenas restaba tiempo. El gol le sentó como un aldabonazo. Ni siquiera el pobre juego mostrado por el equipo rival del suyo le consoló. Se refugió en twitter. Y allí, mientras hacía de mirón, lo vio. Se le iluminó la cara y enseguida lo supo. Era necesario quitar hierro al asunto del desvanecimiento colectivo de sus ídolos. Una cortina de humo. Se le había pasado por alto viendo el partido. Un jugador muy famoso del encarnizado rival levantando el brazo y mirando al linier. Y ni corto ni perezoso se lanzó a tuitear de aquella manera tan suya, diciendo sin decir, y dejando clara su intención. El jugador quería que se anulase el gol de la victoria de su equipo y para ello pedía al linier el fuera de juego de su compañero. Una genialidad. Eso podría valer para tapar lo de la botella racimo. Ignoro cómo este sujeto pudo llegar a esa conclusión, el caso es que ni siquiera obtuvo el eco y el apoyo del gremio. Se fue a twitter a recoger el fruto de su genialidad. Entre la indignación y la incredulidad, pudo leer epítetos tan feos como gilipollas, subnormal, tarado, imbécil y adoquín dirigidos a él, más algunos que prefiero no comentar aquí. O cuando el forofeo te ciega el raciocinio y te juega malas pasadas.

Vio el partido tranquilamente tumbado en el sofá de su casa. Su equipo y el odiado rival, jugaban al día siguiente. Se decantaba por el equipo local, pero para él no suponía ningún trauma la victoria del equipo visitante, aunque fuera rival directo de su equipo favorito. Era rival, solo eso y no le odiaba. A quien sí odiaba era al vecino. A él y a todas sus Champions y ligas. Gracias a Dios, en los últimos tiempos la insoportable tendencia, de hacía unos cuatro o cinco años, había cambiado. Ahora, su equipo ya se codeaba con los dos grandes. Por eso, cuando aquel jugador bajito, patizambo y de pelos indefinibles marcó de penalti en el descuento, no le supuso gran disgusto. Cierto es que hubiera preferido un empate o una derrota de ese equipo, pero dado que aquella victoria suponía, en cierto modo, una derrota de su odiado y vecino rival, ese último gol de penalti le dejaba cierta sensación de regocijo, sobre todo si pensaba en todos aquellos pesados que no paraban de recordarle Milán y Lisboa.

Día siguiente, domingo. Su equipo jugaba en Sevilla y él, aberronchado y nervioso en su sofá. Su equipo perdió y se enfadó sobremanera. Casi sin solución de continuidad y de mala gana, se preparó para ver a ese otro equipo que tanto desprecio le provocaba. Se prometió a sí mismo que al segundo gol, lo dejaría y sintonizaría algún programa de esos de supervivientes en una isla lejana o de aspirantes a cocineros. Pero el segundo gol no llegó. Llegó el primero, solo el primero, y poco después llegó el empate. Se aferró a su sofá con la misma ansiedad que Gollum a su tesoro. Su esperanza se acrecentaba con el paso del tiempo. Dedicó un par de exabruptos racistas (menos mal que no le escuchaba nadie, pensó; él, tan de derechos humanos) a un jugador del equipo que se enfrentaba a su odiado enemigo, tras fallar dos claras ocasiones de gol que le hubieran alegrado mucho más la noche. Pensó en el nombre y apellido de aquel jugador. No se le podían ocurrir un nombre y un apellido más incompatibles. El partido iba camino del final y su odiado enemigo marcó el gol de la victoria lo que, por si fuera poco, llevaba el liderato anexado. Se enfadó, insultó a seres imaginarios y se cagó en otros tantos. No conectó con Estudio Estadio. No tenía cuerpo para ver a Manolete ni a Bobby G. Ni siquiera el gran Josejoaquí le podría alegrar la noche.

Se acostó, pero no pudo dormir. Pensó en el partido del sábado. Pensó en el chaval que había tirado la botella de agua a ese grupo de jugadores que celebraba los tres puntos. Se preguntó qué hubiera hecho él, de haber estado en el puesto del chaval, si su más encarnizado rival les hubiera quitado los tres puntos gracias a un penalti y uno de sus jugadores se hubiera dirigido a la grada de la tribu, en la que él tenía abono, y les hubiera insultado. Le hirvió la sangre solo con imaginarse la escena. Pero él no podía permitirse esos actos. Él era periodista y había salido en algunas tertulias de cadenas de televisión minoritarias. Pero comprendía al chaval y su acto, al que catalogaba, internamente, como acto de rebeldía ante la injusticia. Y por un momento admiró al chaval. Él no iba a tirar ninguna botella de agua, pero iba a demostrarse a sí mismo que, en cuanto a puridad de sentimientos hacia un equipo, nadie le podía ganar, menos aún después de una derrota. Al día siguiente llevaría aquella foto (conocida por todos ustedes), guardada con tanto cariño, a que se la enmarcasen como reivindicación de un sentimiento. Presumiría de ella delante de su cuñao, amigos, familiares, el fontanero, vecinos,  ligues varios y seres de diverso pelaje.

El lunes se presentó en aquella cristalería del barrio de Chamberí. Entró, le enseñó la foto al dependiente y le preguntó por el precio. El dependiente miró la foto a través de sus gafas para la presbicia. Le miró de soslayo por encima de la gafas y, con el tonillo chulapo que solo son capaces de tener los que han nacido en Chamberí, le preguntó: “Oiga pollo, ¿no hay una de Sampions?” Un simple aficionado, sin más, se hubiera reído y se hubiera enzarzado a base de chascarrillos con aquel dependiente. Pero él no es un aficionado. Él es un forofo de los que no cena, no duerme, no yace, no habla y ni casi respira cuando su equipo pierde. Más aún si pierde contra ese equipo que todos ustedes conocen. Aquel chiste de aquel cretino era el colmo. Arrancó la foto de las manos del dependiente, se dio media vuelta y se marchó dando un portazo. Se iba a enterar aquel imbécil. Y allá que se fue a twitter a hacer partícipes a sus miles de followers de aquella vejación. Dio todo lujo de detalles. Nombre y dirección.  Carísimo le iba a salir el chiste. Lo iba a hundir. Los clientes que iba a perder le harían recapacitar y ser más respetuoso.

Lo que aconteció después, no es necesario que sea comentado aquí. Yo solo les aporto mi reflexión sobre el asunto. Les diría que soy capaz de entender casi todas las reacciones forofiles fruto de la calentura. He visto llorar desconsoladamente a tipos de más de metro noventa y de más de cien veinte kilos de peso por el resultado de un partido. He visto cantar canciones ridículas a gente que peina canas. He visto a personas respetabilísimas con sombreros de cascabeles encantados de haberse conocido. He visto a educadísimos directores generales acordarse de la madre de la madre de la madre que parió a tal o cual jugador y/o árbitro. En la calentura, entiendo cualquier actitud proveniente de un forofo. La cosa se torna grotesca, ridícula e incompresible, cuando el forofo, a sangre fría, es incapaz de discernir que la forofada (meditada, planeada y ejecutada)  le llevará a quedar como un perfecto gilipollas delante de una multitud. Puede que sea el caso.

No sé qué comité de la Federación Española del Fúrbol dictaminó, finalmente, que los jugadores, caídos como bolos en acto de servicio, habían hecho el ridículo con su actuación y amenazó: que fuera la última vez que lo hacían. Bueno, esto último me lo acabó de inventar, soñar o desear, no sabría decirles. El caso es que el ridículo adquirió oficialidad.

El entrenador les iba a dar la charla previa al partido de la Copa de Nuestro Rey. Con acento afrancesado, tal vez por ser francés, el entrenador no dio ni tácticas ni estrategias. Les vino a decir que no se hablaba, en todo el mundo futbolístico, de otra cosa que no fuera el ridículo que habían hecho los jugadores de ese equipo que ellos sabían. Les dijo que la prensa del ramo estaba ojo avizor y en prevenga a que ellos les quitaran el podio de la ridiculez con una actuación, esa misma noche, sonrojante y parecida a la de hacía unos años en una ciudad dormitorio cercana a Madrid. Les advirtió que ellos verían y que el asunto estaba en sus manos.

Sin más, allá que se fueron al campo. Uniformados, saltaron al césped y se pusieron a jugar. Acumulaban goles y ocasiones. Y ocurrió lo nunca visto. En estas estábamos cuando un jugador del modesto equipo local le hizo una entrada subida de tono a un internacional alemán del equipo del que estamos tratando. El alemán se levantó y se revolvió. El jugador del equipo local contestó con un cabezazo a la nariz/boca del alemán. Todo, a medio metro del álbitro de Villar. Entonces al jugador alemán (ergo, disciplinado como nadie) se le vinieron a la cabeza las palabras de su entrenador y las imágenes de los comediantes del sábado. Retrocedió unos metros por el impacto de la embestida. Se echó mano a la boca y/o nariz y reclamó al álbitro de Villar. Éste, a su vez, no le hizo ni puto caso. Bueno sí, le enseñó tarjeta amarilla. Fue un milagro nunca visto: un futbolista agredido, justo delante de las napias de un álbitro, que no acabó en el césped revolcándose como un poseso. Y amonestado. Bueno, eso no formó parte del milagro, es lo habitual en los álbitros de Villar.  Pero ojo al dato, que no fue el único milagro. Hubo onda expansiva a consecuencia de la embestida. Ya me dirán ustedes si no. Si una botella de plástico casi vacía es capaz de hacer tambalearse y caer a media docena de jóvenes atletas, ni les cuento un cabezazo. Sin embargo, a pesar de la violencia de la onda, ningún jugador del equipo al que pertenecía el jugador agredido cayó al suelo. Ni uno. Palabrita del niño Jesús. Ni el portero, ni jugadores próximos, lejanos o en el banquillo. Nadie se tiró, cayó, revolcó o desmayó. Nadie, lo juro. Hito que deberían conservar en su memoria para contar a generaciones venideras. El partido siguió a lo suyo. El referido equipo marcó muchos goles, intercambió camisetas y todos a casa. De la agresión, pelillos a la mar.  (No me sean cabrones y no me hagan comparaciones facilonas)

Y así es como el lanzamiento de una botella de plástico semivacía terminó llevando a un grupo de jugadores (ricos y famosos) a hacer el gilipollas urbi et orbe, a dos tipos a comportarse como dos cabestros descerebrados, a un humilde equipo a ser goleado de manera inmisericorde y a que la agresión a un jugador no acabase con nadie rebozándose en el césped cual pescadilla en harina.

Así pues, la próxima vez que tengan la tentación de hacer una forofada, sujétense, por muy calientes que estén. Por su propio bien y por las consecuencias inesperadas. Se me ocurre que el lanzamiento de una piedra al autobús de un equipo rival, muy bien podría acabar con Josejoaquí de director de RMTV, pero eso se lo relataré otro día. Si no han creído ni media palabra de esta bonita historia, les aconsejo que le echen un ojo a una película de Robert Altman de los años noventa, titulada Vidas Cruzadas (Short Cuts). Después, me cuentan.

Deja un comentario