Soy madridista y no tengo carro

Tengo un problema. Un problema grande. Soy madridista y no tengo carro, ni barco del que poder subir o bajar dependiendo de cómo vaya el Real Madrid. Lo único que tengo es un sentimiento, un amor que vive dentro de mí y del que es imposible deshacerme ni cuando el equipo gana, ni cuando pierde. Vive dentro de mí, forma parte de mi sangre, está instalado en mi cuerpo y no hay manera ni forma de sacarlo de ahí.

Lo siento dolerme, lo siento hacerme feliz, lo siento ponerme nerviosa, hacer que me crezcan mariposas en el estómago, irme a la cama cabreada y, sobre todo, estar orgullosa de saberme madridista. Ojalá tuviera un carro o un barco para decidir cuándo subirme y cuándo bajarme. Ojalá fuera tan fácil bajarse y decir «ahí os quedáis» y volverme a subir cuando las cosas vinieran bien dadas. Ojalá se pudiera olvidar. Te bajas y haces como si no hubiera pasado nada. Ojalá. Pero es imposible. No hay manera humana de sacar al Real Madrid de mí.

Soy madridista

Siento cómo me come por dentro, cómo cambia mi estado de ánimo, cómo me pone los pelos de punta. Jodido amor por un club. No puedo sacarlo de mí, no consigo abstraerme, pensar en otra cosa. Ojalá pudiera tirarme de ese barco y lanzarlo todo por la borda. Ojalá un clavo sacara a otro clavo, pero es imposible querer a nadie más que no sea el Madrid.
No es una moda, no es un sentimiento pasajero. Tengo la sensación de haber nacido con él ya dentro. ¿Por qué si no iba a doler tanto? Nunca salí huyendo, nunca me alejé. Siempre permanecí a su lado, en las buenas y en las malas, año tras año, todos los días de mi vida. Ganando y perdiendo, cuando me hizo ser la persona más feliz del planeta y cuando me hizo sentir bochorno.

No se trata de bajarse ni de subirse. El ser madridista no se negocia. Es un modo de vida, una manera de estar en el mundo. Es el cuento más bonito del que tengo la suerte de formar parte como aficionada. Ni en mayo me subí, ni ahora puedo bajarme. Tendría que deshacerme de mi cuerpo para que este sentimiento dejara de existir en mí. Y ni siquiera así lo lograría porque lo que vive dentro de una nunca termina de morir.

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