¿La mejor Liga del mundo?

Cuando no se han apagado los ecos del escándalo vivido en el Nou Camp en el Clásico del pasado domingo y tan solo han transcurrido tres días de aquello, un bochornoso espectáculo del que fueron testigos cerca de 700 millones de espectadores en todo el mundo, la Liga lo ha vuelto a hacer.

Después de tener que meter con calzador la final de la Copa del Rey en mitad de una jornada de Liga, debido entre otras cosas a la proverbial y conocida desorganización de la RFEF, incapaz un año más de establecer una fecha y un marco prefijados meses antes para dicha final, nos ha llegado un partido intrascendente un miércoles, en una adulterada jornada liguera.

Me refiero, en concreto, al partido contra el Sevilla en el Sánchez Pizjuán disputado ayer, un encuentro que se debió jugar el sábado 21 de abril, con un equipo distinto, dirigido por un entrenador distinto y en una situación emocional francamente diferente a la que el Real Madrid se encontró ayer…y en una situación deportiva también muy diferente.

Caparrós no es Montella

No quiero que suene a excusa, porque no lo es ni busca serlo, pero desde luego el Sevilla de Caparrós que se encontró ayer el Madrid dista años-luz del Sevilla de Montella que se encontró el Barça aquella noche. Y anda si se notaron las diferencias…

Aunque se da por sentado, por no sé qué extraña razón, cuando juega el Real Madrid en Nervión, ese equipo se transforma. Se ultramotiva y con entrenadores digamos más “aguerridos” -por no llamarles sucios y marrulleros, como es el caso del veterano Caparrós-, el Sevilla saca las peores de sus artes y meten la pierna de forma, digamos, más “intensa” que ante otros equipos, en especial, el de ese país pequeñito de arriba a la derecha.

Y ayer se volvió a ver. El Sevilla que se encontró el Barça en aquella noche de abril dista mucho del que se encontró anoche el Real Madrid. Del equipo anodino, gris, blandito y derrotado que saltó al césped del Wanda Metropolitano en abril y entonces dirigido por un Montella casi en retirada, que iba en caída libre, al Sevilla de Caparrós que saltó anoche al Pizjuán hay un abismo.

Ayer corrieron, metieron con dureza -en ocasiones violencia- la pierna y lucharon en 10 minutos más que en toda la Final, en la que deambularon con más pena que gloria por el césped y se dedicaron a ser parte de un sentido un homenaje a Andrés Iniesta, en vez de competirle mínimamente el título al Barça, que venía de llevarse un soberano repaso en Roma.

No Mateu, no “party”

Pero claro, esto no es algo que no se viese venir ya que para jugar así hay que contar con el “ecosistema” arbitral adecuado, con un colegiado que permita llevar el Reglamento hasta más allá de su límite.

Y para ello Sánchez Arminio -que es un lince en estas lides- lo vio venir, especialmente tras la destitución de Montella y la contratación de Caparrós como técnico sevillista.

Nadie que no hubiese llegado anteayer de Marte sabía cómo le iba a jugar este Sevilla al Madrid y por ello nadie que no fuese marciano sabía que, para poder jugarle así al Madrid, el conjunto de Caparrós necesitaba un árbitro altamente permisivo.

Y por ello, de la misma forma que se eligió un colegiado servil y genuflexo al Régimen como Hernández Hernández para el Clásico del domingo (con el resultado que todos vimos), no había nadie mejor que Mateu Lahoz, el factótum de aquella infecta carta de apoyo a Sánchez Arminio y al Arminiato, para arbitrar este partido.

El resultado ahí está. Y no tanto por el tanteador final, dado que sorprendentemente pitó dos penaltis que lo eran (aunque también lo eran los tres que cometió el Betis en el Bernabéu en septiembre y este mismo árbitro no pitó ninguno), sino por la forma de acogotar el Sevilla a nuestros jugadores.

El Real Madrid sufrió 21 faltas (además de las que, siéndolo no fueron señaladas) pero el Sevilla, como en otras tantas ocasiones, se fue con apenas tres amarillas, dos de las cuales encima fuerpn por protestar, por una de los nuestros y que, para más inri, no fue ni falta (una mano de Sergio Ramos que encima dio origen al tercer gol sevillista).

A Mercado le perdonó hasta en dos ocasiones la expulsión gracias a una interpretación sui generis de la Ley de la Ventaja, ya que en dos oportunidades, el jugador sevillista “cazó” a nuestros jugadores pero Mateu, en ese afán de “dejar jugar”, continuó las jugadas, pero luego no amonestó al argentino.

Es más, la primera amarillla por juego duro sevillista (la primera del partido, como digo, fue a Mercado por protestar) no llegó hasta el minuto 68, cuando prácticamente desde el primer minuto el Sevilla desplegó todo un catálogo de patadas en cada una de las faltas que los sevillistas cometieron hasta,llegar hasta las 21 que se señalaron en todo el encuentro. Esto es, una infracción cada 4,2 minutos.

Pizarro, que la vio en el minuto 68, el propio Mercado en dos o tres ocasiones, Escudero, que la vio en el minuto 95, “Mudo” Vázquez o Lenglet, como mínimo debieron haber visto la amarilla por distintas acciones, cuando menos, excesivas, pero Mateu no entendió que nadie del Sevilla debía haber visto más amarillas (ni por supuesto ninguna roja) durante el partido.

El Madrid roba siempre pero, curiosamente, casi nunca gana

Por eso me hicieron tanta gracia las declaraciones del propio Mercado al finalizar el encuentro ante las cámaras del Plus, quejándose amargamente de que el Madrid les robaba siempre que iba al Pizjuán, en relación con los dos penaltis que el Sevilla fue castigado y que además habían sido.

De hecho, Mercado no fue ni siquiera amonestado, como no lo fue Vázquez, a pesar de que los penaltis cometidos por ellos no ofrecían ningún lugar a la duda y, en el caso del primero, había empujado a Theo Hernández en las mismas narices del árbitro.

Lo más cachondo, y maldita la gracia que tiene, es que este tipo tenga el morro de decir que el Real Madrid roba al Sevilla en cada visita a Nervión cuando de los últimos seis partidos de Liga, los de Zidane, como en su día Mourinho, Ancelotti o Benítez, salieron derrotados en cinco. Curiosa forma de robar, ésa en la que el atracador sistemáticamente acaba desplumado…

Esto enlaza directamente con las infames palabras de ese tipo tan pernicioso como falsario que es Gerard Piqué le dedicó a Nacho en el túnel de vestuarios en el descanso del último Clásico.

El niñato malcriado de La Masía acusó de nuevo al Real Madrid de robar las Ligas y de que necesitaban 15 puntos de ventaja para poder ganarnos. Y eso lo dice el tío en unos de los campeonatos más adulterados que recuerdo de los últimos años, en el que más sañudamente se ha perseguido desde los árbitros al Real Madrid y más se ha ayudado al Barça a no caer derrotado ni un solo partido en toda la temporada.

Y cuando llevan ganadas siete de las últimas 10 Ligas, algunas de ellas por márgenes estrechos y en las que, como la 205/2016, que los culés lograron por un solo punto, batieron el récord de penaltis a favor (19 por uno sólo en contra) y después se han pasado dos años naturales sin penaltis en contra y apenas una expulsión.

Repito, curiosa forma de robar la de este Real Madrid, en el que a pesar de mover los hilos, mangonear en los Comités y los Tribunales de Justicia (como nos acusó, desgraciadamente sin respuesta, Piqué) , tan solo hemos ganado dos Ligas en 10 años y, como en ésta, hemos recibido el mayor maltrato arbitral que recuerdo en años.

La falacia de la Mejor Liga del Mundo

Por eso, me lleva a pensar si realmente tenemos la Mejor Liga del Mundo, como pomposamente cacarea la prensa. Sinceramente, creo que no.

Y no sólo por la adulteración que supone ver que, pase lo que pase, el Barça cuenta con un colchón importantísmo en forma de continuas ayudas arbitrales a poco que la cosa se tuerce (Getafe, Allavés, Real Madrid, Atlético, etc.).

O cómo cuando se ve cómo día sí y día también los rivales del Barça salen con los brazos abajo y, en ocasiones reservando jugadores y sin ganas de pelea y por contra, estos mismos equipos salen extramotivados y con un ardor guerrero excesivo cuando juegan contra nosotros.

En definitiva, una farsa que no sólo ha generado un descrédito importantísimo en la competición que, además, comercialmente está hundiendo un negocio hasta hace unos pocos años floreciente.

La prueba de esto que digo está en la triste celebración que la obtención del doblete culé ha generado en la afición barcelonista, a la que sólo la derrota del Madrid en la Final de Kiev y el pasillo, que afortunadamente no se produjo, les podría devolver la alegría.

De ahí la necesidad de autoconvencimiento y autoafirmación que exhibió Piqué el domingo, con ese patético “autopasillo”, con el que el ínclito Piqué conminó al staff barcelonista a realizarles tras el Clásico, con el estadio semivacío, y la posterior celebración, a todas luces impostada

Que sigan así y entre Tebas y la RFEF lograrán matar la gallina de los huevos de oro que supone tener a los dos mejores equipos del mundo en sus filas y que a nadie le interese saber qué pasa en una competición en la que, a ojos de todos, unos juegan con red y otros con una pierna atada a un bloque de cemento y todas las cartas marcadas.

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