“The Tinglado”: La Liga de Papel

Caminaba sonriente y alegre bajo un cielo gris encapotado por la lluvia, truenos y relámpagos. Aquel hombre tenía cierto parecido a Gargamel; calvo desde la frente a la coronilla, con pelo a los lados, nariz puntiaguda, y una barbilla pronunciada, a diferencia, éste usaba gafas.

Su tez era despiadada, su sonrisa, maligna. Caminaba dejando atrás la luz de las farolas mientras ni su sombra quería caminar junto a él. Al fondo del parque y bajo un cobertizo de chapa sentado en un banco de madera, su amigo y socio.

-Vamos ha conseguir hacernos con una licencia de televisión pública, y luego, con los derechos televisivos del deporte rey.

-¿Y cómo coño lo vamos a conseguir?

– Por las buenas, o por las malas… llama al imbécil que está de presidente del gobierno, y le dices qué nos va entregar la licencia televisiva. Sin concurso. Sé tajante.

No habían pasado ni 24 horas cuando la primera carta del castillo de naipes estaba colocada, preparada en su posición a la espera del resto, sin prisa pero sin pausa. Ya había empezado a ser un hecho, una realidad, y abandonaba el ser un simple sueño de aquel hombre de ideología trotskista, extremista, y radical.

Pronto, sería el rey del deporte rey de los deportes, y gracias a ello, tendría la oportunidad de ser el brazo ejecutor del proceso; el sueño.

Árboles con la altura de cualquier edificio de ciudad, vientos fríos con temperaturas de la Alemania de antaño, nieve, y una cabaña de madera sin rastro de civilización en kilómetros, y dos Jeep aparcados junto a la puerta.

En su interior,  los dos socios que iban a trazar el plan que subvencionaría el proceso. Ni un aparato electrónico. Teléfonos móviles olvidados. Dos sillas con respaldo y una mesa. La estufa de butano. Dos Conde de Montecristo traídos de La Habana de Fidel Castro ponían aroma a la conversación.

-¿Has visto qué fácil?

-Y ahora, ¿qué?

– Ahora tenemos un canal con el que subvencionar el comienzo de todo. Y algo habrá que darles a cambio en el futuro. Igual que a todos los qué nos hagan un favor.

Seguían conversando mientras saboreaban el humo espeso de los sabrosos Habanos al tiempo que saboreaban -con más gusto- el plan qué trazaban. Uno frente al otro. El otro frente al uno. Un plan. Dos socios. Un sueño compartido. Una trama que trenzar. Dos puros, y un cenicero

-El segundo paso va ser el realmente complicado y costoso, pero sí lo conseguimos, con el dinero nos bailarán los perros…

-El perro el gato y el loro de mi vecina. (carcajada forzada) ¿Y luego?

-Lo tercero es conseguir qué uno de los grandes clubes, y ya sabes en cual tenemos muy buenos amigos, le echen un par de pelotas y mezclen fútbol con política, qué nos hagan la mayor propaganda que haya tenido nunca una “causa” en ningún otro país en democracia.

-Bufff, si nos hacen esos tíos la publicidad, sí esos tíos nos hacen la campaña… ¡nos vamos a quedar con el mismo dinero del que va a ducharse!

-¿Y por qué vamos a pagarlos con dinero? ¿cuánto cobra un árbitro en comparación a esos hijos de puta?  Y además, esa gente no quiere dinero, quiere títulos, ligas. Quieren programas de televisión que los hagan la ola; y en nuestros canales habrá programas punteros.  Van a necesitar un lavado de cara constante, y nosotros vamos a ser los dedos que muevan las marionetas en esa mierda de deporte capitalista; las imágenes serán de nuestra propiedad, y verán lo que a nosotros nos salga de los cojones.

El otro permanecía inmóvil, sin pestañear, anonadado, inquieto. Lo que acababa de escuchar le hacía recorrer desde el dedo más largo del pie a la última punta de pelo un cosquilleo de incertidumbre; no había quedado ni un sólo bello a su paso sin erizar.

-Pero… es que… ¡eso es imposible!

-¿IMPOSIBLE? ¿CON TODO EL DINERO QUÉ VAMOS A GANAR?

Puñetazo a la mesa. Y el único ruido que se oyó durante los siguientes 30 segundos fue el de los labios al hacer un círculo de humo. Un intercambio de miradas. Una de desconcierto. La otra, esquizofrénica.

Uno carecía de color; pálido, con la frente sudorosa. El otro del color de bandera comunista. Sólo uno seguía disfrutando ambas cosas; el Habano y la conversación. Al otro, le empezaba costar disfrutar de la fumada.

-Tranquilo. Relájate. Y confía. Sí queremos que nuestro sueño sé cumpla, hay que asumir y asimilar que vamos a arrasar y podrir muchas otras cosas. Van a ser un mal menor. El proceso está por encima de todo.

-Sé nos van a echar encima, y todo sé va a ir a la mierda. Ahí, hay mucha gente con poder, dinero, empresarios, políticos, periodistas, medios de comunicación…

-Escúchame. Al partido que nos ha facilitado la licencia le vamos a tener a nuestra merced protegiéndole desde el propio canal con programas de política a su servicio. Adquirimos los derechos, y enchufamos a un político sin escrúpulos en la empresa; qué nunca sobran. Yo me ocupo de convencer a los directivos del club.

 -¿Qué voy haciendo?

-Busca un listillo muy tonto. Uno que esté dispuesto a venderse. Qué ya haremos nosotros todo lo imposible para que presida la competición.

La cabaña. La arbolada. La puesta del sol. Y los dos Jeep perdiéndose en dirección de los dos teléfonos móviles olvidados.

“Una intrahistoria de la conspiración -The Tinglado- que habita en la mente paranoica de un enfermo mental madridista. O no… ¡quién sabe!”

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