Gareth Bale, el hombre que pudo reinar

Con muchísima sorpresa pero, sobre todo, con una decepción absoluta he recibido las palabras de Zinedine Zidane a cuenta de la inexplicable (al menos a priori) ausencia de Gareth Bale de la convocatoria para el “trascendentalérrimo” partido de esta noche ante el Manchester City.

El motivo, lejos de la posible ojeriza que le pudiese tener el técnico francés al jugador galés (algo que data desde hace ya por lo menos dos años) y al hecho -absolutamente respetable dicho sea de paso- de que el juego de Bale no sea de su agrado, es mucho más pueril. Y más ridículo e inexplicable, por cierto.

Sencillamente, el galés le pidió a Zidane no ir convocado. Así de simple. Nada de manías, nada de fobias y nada de campañas orquestadas desde la directiva o la dirección técnica del club para mostrarle a Bale la puerta de salida.

No, simplemente, por la negativa del jugador. Qué sencilla explicación y, sin embargo, qué dura de digerir. Sobre todo para los que, como yo y muchísimos como yo llevamos siete años partiéndonos la cara, defendiéndole en infinidad de debates, dentro y fuera de esta Santa Casa. Un sapo difícil, casi imposible, de tragar.

Un jugador injustamente tratado desde su llegada

Siempre defendí su profesionalidad, al margen de sus gustos y apetencias personales, y negué con rotunidad su falta de compromiso para con quien le paga. Y critiqué con dureza que lo único que le hubiesen podido achacar al galés durante todos estos años hayan sido sus gustos por el golf (frente a otros jugadores con gustos mucho menos respetables) y su negativa a hablar español y a conceder entrevistas.

Por no hablar de aquella pancarta de “Gales, Golf, Real Madrid, en ese orden”, uno de los ejercicios de manipulación más siniestros y miserables que recuerdo y en el que, desgraciadamente, cayeron muchos madridistas.

No he dejado de criticar ni un solo día la indecente campaña mediática llevada a cabo en su contra desde que se hicieron públicas las negociaciones con el Tottenham y el coste de su fichaje. Se llegó a decir que con el importe de su traspaso (unos 92 millones de euros), se podrían haber creado no sé cuántos hospitales, centros de investigación y hasta casi inventar la cura para el Ebola, el cáncer y hasta el Coronavirus, que ni siquiera existía en 2013.

Unas preocupaciones que, curiosamente, nadie ha vuelto a tener ni en la Prensa (generalista y deportiva) ni en el clero catalán, a pesar de que en el equipo de aquel país pequeñito, de ahí arriba, a la derecha, con posterioridad también se han invertido cantidades ingentes y sumamente superiories por jugadores infinitamente peores (Dembelé, Coutinho, Griezzman o De Jong, entre otros).

Por inventarse, se le llegó a achacar a Bale el haber llegado lesionado gravemente, acusándole falsamente de tener una hernia discal, que llevó al diario Marca a cometer una de las mayores atrocidades periodísticas que recuerdo. Primero, publicando en portada una noticia falsa de toda falsedad y, además, negándose a publicar el desmentido de los servicios médicos del club, que tiraba por tierra aquella falsa noticia.

También le he defendido frente a ataques personales de la prensa, ataques que iban mucho más allá de su posible rendimiento deportivo, llamándole “despojo humano”, “caradura” o “sinvergüenza” y otros epítetos que, sin embargo, nunca le han dedicado a jugadores que, habiendo costado mucho más que el galés, han llevado una vida bastante más disoluta, se han lesionado y sobre todo, han rendido infinitamente menos que él (p.ej..Dembelé, sin ir más lejos).

Igualmente, me he partido la cara defendiendo su idoneidad como fichaje, su rentabilidad máxima como jugador en esta época tan maravillosa que nos ha tocado vivir y he negado siempre que él hubiese sido un fracasado. Más bien todo lo contrario, siempre he manifestado su derecho (y el deber, que a veces le ha negado hasta el propio madridismo) de considerar a Gareth Bale como leyenda madridista.

Porque nadie debe olvidar que la inmensa mayoría de los títulos logrados entre 2013 y 2020 llevan su rúbrica y tienen escrito su nombre (o al menos así debería ser) con letras de oro en los anales de nuestra Historia.

Incluso he llegado a justificar su mal rendimiento en estas dos últimas temporadas, en las que el hombre que llegó al Real Madrid con el deber histórico de coger el cetro y ocupar el trono vacante que dejó Cristiano Ronaldo, nunca llegó a reinar, pero al que las malditas lesiones nunca le dejaron brillar como mereció.

Especialmente una, producida un maldito 22 de noviembre de 2016 cuando, en un partido de Champions ante el Sporting de Lisboa, el uruguayo Coates cortó de raíz su progresión con una alevosa patada que le rompió el tobillo. Una grave lesión que le obligó a pasar por el quirófano y a permanecer casi cinco meses de baja, cuando atravesaba probablemente por el mejor momento de su carrera deportiva en Madrid y en Gales. Nunca volvió a ser el mismo.

Sus dos últimas temporadas, una ruina deportiva

Desgraciadamente, y a pesar de que en la temporada 2018/2019 de tan infausto recuerdo el galés comenzó a un buen nivel, marcando goles en los primeros partidos, el caso es que, bien por las lesiones, bien porque los técnicos no confiaron en él, su rendimiento estas dos temporadas, especialmente esta última, con apenas tres tantos en su haber, ha sido lamentable y las frías cifras, sencillamente indefendibles.

Aun así, siempre he creído en él. No entendí que un jugador como Bale no pudiese aportar nada en partidos trabados y con espacio. Como tampoco entendí que, tras el confinamiento y hasta con cinco cambios, Zidane, por el motivo que fuese, ni siquiera llegase a agotar las necesarias sustituciones y optase por dejar al galés en la grada.

Y todo eso a pesar de que, desde el propio club y sus propios compañeros afirmaron que el jugador que en mejor forma había vuelto del confinamiento era Bale, por lo que no se le podía poner ni un “pero” en su profesionalidad ni en su compromiso.

Incluso critiqué abiertamente a un jugador como James Rodríguez su decisión, manifestada bastante tiempo atrás, de negarse a ir convocado si Zidane no le garantizaba jugar. Una actitud que me pareción infinitamente menos profesional y denotaba una falta de compromiso mayúscula con el club que le pagaba.

Una actitud lamentable sin duda. Como indignante fue la pasividad y el escaso celo crítico de Prensa Nostra, que no le ha pasado ni una a Bale en estos siete años, sin embargo no despertó la más mínima crítica a nuestros periodistas, que corrieron un tupido velo sobre la actitud del colombiano, tal vez debidamente “domesticados” por Jorge Mendes, su agente, cebándose por contra otra vez con Bale.

En este caso, se volvieron a cargar las tintas contra el galés a cuenta de un par de divertidas bromas, debidamente sacadas de contexto como fueron ponerse la mascarilla sanitaria sobre la cara y simular que estaba durmiendo la siesta y otear el horizonte haciendo que tenía un catalejo en su mano, para meterse con los carniceros de GolTV, que habían puesto una cámara en exclusiva sobre el galés para observar todos sus gestos durante cada partido.

Su negativa a viajar, un “sapo” muy duro de tragar

Sin embargo, esta mañana, junto al café y las tostadas, me he encontrado un sapo de proporciones colosales en mi desayuno y es saber que hoy Gareth Bale no se ha dignado ni siquiera a vestirse de chándal porque él mismo se lo pidió a Zidane.

Vamos, exactamente lo mismo que yo le había criticado y con dureza a James y reconozco que me ha recorrido un escalofrío gigante por el cuerpo. No tanto porque crea ya a ciencia cierta que éste sí es el principio del fin de Bale en el Real Madrid.

De hecho, y aunque nunca lo sabremos porque el técnico francés ha manifestado que dicha confesión del galés se hizo en el seno de una conversación privada que él no iba a desvelar, estaba claro que el futuro de Bale en el club era más oscuro que el sobaco de un grillo.

Es más, de la misma forma que he defendido pública y privadamente a Bale, he manifestado más de una vez que el galés debía salir del Real Madrid e intentar hacerlo de la forma más digna posible, insistiendo en el hecho de que es (o debería ser) leyenda en el club, porque su trato era ya casi vejatorio, lo cierto es que este desgraciado incidente podría ser su epílogo más triste y empañar de forma defintiiva su ya más que maltrecha imagen como estrella madridista.

Lo que nunca podría haberme imaginado era llegar a esta situación, porque esa presunta falta de compromiso que tanto le han echado en cara siempre se había basado en acusaciones infundadas tan absurdas como jugar al golf en sus horas libres, no hablar español o llevar una vida cuasi monacal.

Espero y deseo, pues, por el cariño y la solidaridad que le he profesado todos estos años ante los injustos ataques de la prensa y desgraciadamente seguidos, llevados bien del ronzal, por parte del madridismo, que Bale deje el Madrid más pronto que tarde. “Hoy mejor que mañana”, que diría Zidane y no empañe más su estrella. No se lo merece. Ni él ni los que, desde el primer minuto, hemos estado a su lado.

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