Un Bitter Kas, Descartes y el Big Bang

Apago el televisor y, cansado, me froto los ojos. Me limpio una mancha de ceniza en la camiseta del Madrid (número 9, Benzema) comprada para la ocasión. Aunque, insuficientemente, me consuela saber que estaré descansado para mi trabajo mañana, un regusto amargo recorre mi boca, similar al del Bitter Kas.

A esto sabe una competición frustrada, un destino que no era tal, un reguero de milagros sin solución que acaban desembocando en un torrente de preguntas que no pueden (ni deben) ser respondidas: ¿todo este sufrimiento en vano? ¿las gestas del Bernabéu como una corta nota al pie en la historia del fútbol? ¿las gargantas desgarradas, recibiendo al autobús del equipo, por una quimera imaginaria? ¿después de la gloria, el sentimiento de la nada más absoluta?

Estas líneas las empecé a escribir en mi cabeza en el minuto 89 del Real Madrid-Manchester City, Año de Nuestro Señor de 2022 o 2775 Ab Urbe Condita, como gusten. En realidad, eran la conclusión lógica para un partido lógico, en el que Guardiola, con una plantilla infinitamente superior (y, reconozcámoslo, haciendo una mejor lectura del partido que su colega madridista), había hecho añicos unos ilógicos sueños de una final en París.

Como asqueroso racionalista cartesiano que soy (y así me gusta presentarme en las fiestas, con las evidentes consecuencias que eso conlleva para mi vida social), podía estar satisfecho, o al menos, tranquilo: Había pasado lo que la lógica dictaba. Por otro lado, como madridista, no podía dejar de sentir esa quemazón de nuez moscada y canela que dejan las bebidas pasadas de moda y las mayores desilusiones.

Un artículo que se ha empezado a escribir en el mismo momento en el que un árbitro ha pitado el final de un partido corre el riesgo de tener cambios bruscos, pero de cambios bruscos está lleno el mundo, en general, y el fútbol, en particular.

Dicen los entendidos, los cursis y los gurús de la autoayuda, tres de los peores gremios con los que uno puede toparse, que “la vida son momentos”. No voy a ser yo quien niegue la mayor a estos colectivos, aunque sólo sea por el tamaño de nuestras cuentas bancarias, pero en una cosa pueden tener razón: los momentos. Los putos momentos, chico.

Las decisiones tomadas en un segundo que condicionan una vida. Estudiar Derecho, y no Historia. Devolver ese abrazo a esa chica tras el primer beso. Echar el currículum en esa empresa. El centro medido de un joven francés con rastas a otro francés no tan joven, un mal control o un pase preciso al espacio (qué más dará), un remate tan caótico como un Kandinsky y un balón botando en el fondo de una portería. Un momento.

Un momento que sólo dio paso al “tarde, pero gracias por el intento”. Es ilógico que el Madrid pueda remontar esta eliminatoria. Es el minuto 90, el árbitro no añadirá mucho y ya nos podremos ir a casa con la desilusión de que el cuento de hadas no va a tener un final feliz, pero con la satisfacción de una Liga que hace las funciones de tirita en una hemorragia grave”. La lógica, mi lógica, nuestra lógica dicta que, ante la situación actual, sumada a los precedentes que arrastramos, el Manchester City sea finalista de la UEFA Champions League 2021-22.



Pero ay, los momentos. El momento en el que el hereje abjura de su religión. El Lutero que responde con un “ni puedo, ni quiero retractarme”. Lord Cardigan ordenando cargar al 11º regimiento de húsares en Balaclava. Todos momentos trascendentes, que son el segundo de una vida entera, pero que la definen en su totalidad, sin redención y sin repetición… hasta que ilógicamente, se repiten.

Se repiten en una explosión cósmica, un Big Bang de improbabilidad que crea un universo entero para que se expanda durante miles de millones de años. Un atentado contra la lógica que vuela en pedazos la base de sólida racionalidad en la que uno elige edificar sus creencias. Un símbolo de la cantera que, hace un tiempo que se antoja eterno, no centra bien poniendo un centro perfecto, el segundo de la noche, en realidad.

Un cabezazo apático de la apatía reencarnada modificando la trayectoria del balón unos centímetros, los centímetros exactos para que aparezca libre de marca el improbable responsable del primer gol. A partir de ahí el Big Bang. La anarquía. Los datos, las deducciones, las inducciones, los procesos lógicos… todos ardiendo en una biblioteca de Alejandría prendida por un tal Rodrygo.

Y finalmente, la lógica recuperó su trono. Era la consecuencia lógica que en este monumento a la irracionalidad fuera Benzema el que marcara el tercero. Es más, el que hubiera un “tercero” era, en sí misma, la consecuencia lógica a todo lo sucedido los 10  minutos anteriores. La ilógica tiene una lógica detrás.

Un fractal de formas maravillosas en el aleteo de una mariposa que provoca un huracán al otro lado del mundo. Un Kandinsky. Una lata de Bitter Kas vaciada en el retrete. Un dedo vendado señalando al cielo de Madrid y un Real Madrid jugando una final que no debía jugar, para recuperar un trono que, por historia y derecho, nunca perdió

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