No habían llegado las manillas del reloj a las doce de la noche, cuando las manillas y brazos de don Sergio Ramos García nos traían nuestra copa número doce.
Allá en el tapete verde del Santiago Bernabéu, todos los ganadores de la partida de naipes del 2017, asistieron con el coñac, los puros y las cabezas de los rivales a los que habían ganado.
Sergio Ramos que lucía corona sobre la alfombra verde, alzó la copa de su baraja (de Barajas venía la copa) sin su pueblo pagar impuestos de más. Allí, nuestro rey de copas, se dirigió al espectáculo que Florentino había organizado en el centro del campo del Real Casino Bernabéu junto a su grupo de amigos. Poco antes Ramos junto a Marcelo y Cristiano (otros reyes y capitanes), habían ofrecido la Duodécima a toda la afición madridista y antimadridista que los habían observado. Los primeros con admiración desde la acera, los últimos con irritación desde el barranco.

Al paso del carruaje de Caballos y Jotas en el barajar de las manos, uno empieza a reflexionar, sobre la lógica e ilógica del año que hemos vivido. Como buena partida, esta temporada ha quedado partida para todo aquel que desprestigió los quehaceres del mejor croupier del mundo, Zinedine Zidane. Sin inmutarse siquiera supo administrar las cartas que todo jugador de su plantilla necesitaba, para que en la última jugada celebrada en Cardiff, cada uno de esos perfectos caballeros enchaquetados rindieran a su mejor nivel posible.
La partida en Gales comenzó titubeante, puesto que Cristiano fue obstaculizado en mente y suerte, por la espesa humareda que el zorro Allegri había creado en la sala. Así sus principales hombres de apoyo (su defensa y centrocampo), empezaron a fumar (correr) de modo ostentoso hasta crear una ceguera parcial en el ataque blanco. Cristiano estaba nublado (a pesar de marcar), Benzema negado e Isco antes de querer ganar ya había perdido la opción de generar el gol-muerte del partido.
Así duró hasta que en el descanso y fruto de que las puertas del casino se debieron abrir, el humo quedó despejado. Cuando volvieron de los baños, cada jugador madridista que había sobre el terciopelo de Cardiff, pudo mirar de frente a todo defensa turinés que sentaba miedos frente a él. La verdad comenzaba, las ventanas abrían justcias y las piernas de los italianos comenzaban a fallar.
Fue ahí donde cogieron Isco, Modric, Kroos y Marcelo los galones de la partida y los pulmones y ases de la Juve empezaron a morir quien sabe si de fútbol o de nicotina. Por medio de la sucesión de pases, fue arriconando y robando cartas claves a la línea enemiga. Tac, tac, bastos. Tac, tac, oros…
-»Bastos, oros, copas y espadas. Lo queremos todo. Posesión, verticalidad, espacio y gol. Lo queremos todo».-tuvo que gritar silenciosamente Zinedine Zidane al otro lado del césped.
La partida ya era nuestra, el humo y las fuerzas enemigas habían huído y los reyes comenzaron a despegarse de aquellas cartas acartonadas, como quien busca en el mundo la honra de su familia. Esta humanización de las cartas madridistas, creó tantos esclavos italianos como Copas de Europa tenían entonces nuestras vitrinas. Once grilletes, once spaguettis y los lazos negros juventinos que colgaban de la copa de Europa, desanudándolos un frío miembro de la fría Uefa.
Solo quedaron los blancos, los blancos lazos del Edén. Doce. Bienvenida. Deseada. Conquistada.
Rey de copas, Ramos.
Rey de oros, Marcelo.
Rey de espadas, Modric.
Rey de bastos, Cristiano Ronaldo.
Y es que la realeza, tanto en los naipes como en el fútbol, suele caracterizarse por ser siempre la carta más odiada. No es su culpa, ni su castigo, la que le hace vivir así, es solo su naturaleza la que le hace reinar así.
Tronos, copas, cetros…y esclavos durmiendo en barrancos.
¿O acaso crees que la corona que sombrerea su escudo es solo casualidad?
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