A Sergio Ramos se le partió la nariz y el alma en una eliminatoria frente al Bayern de Munich. Regresó a la capital y acudió a los médicos para ver cómo estaba esa nariz malherida y el diagnóstico fue cortito y al pie, Ramos tenía fractura abierta de tabique nasal y era urgente y necesaria una intervención quirúrgica. Ese sábado jugaba el Madrid en el Camp Nou y Ramos había tomado una decisión, dejó enmudecidos a los doctores del club y al por entonces entrenador blanco, Fabio Capello: “No es momento para dejar tirado al equipo. Ya me operaré cuando acabe la Liga». Ese sábado marcó de cabeza y el Real Madrid se llevó un empate de Barcelona.

Pertenece a otra época. Una acuñada en piedra, titanes y liras, aunque poco convencimiento tengo a que las cambie por su guitarra española. Una donde se le haga una ofrenda floral en un día señalado, o qué se yo, dadas las circunstancias, hasta un sacrificio humano. En Atenas, que de epopeyas algo entienden, se celebraba el duodécimo día de cada mes una fiesta en honor a Crono para celebrar la cosecha, pues bien, no seamos menos ni tan poco agradecidos ante un Ramos que quiere la Liga de una manera tan visceral. Contra el Deportivo, como contra el Atlético, San Lorenzo, Sevilla o Barcelona, el dios del tiempo se hizo corpóreo y a otro dios puso por testigo para jurar que volvería a repetirlo una y otra vez.
Sergio Ramos es al Madrid lo que el Madrid es a Sergio Ramos, banquete, chupito y puro postrero, mientras firman que es una placer haber coincidido en este teatro costumbrista. Y es que cuando Rick Blaine, interpretado por Humphrey Bogart, despide en el aeródromo de Casablanca a Ingrid Bergman, en el papel de Ilsa Lund, lo que realmente dice es:
