
Con la venia.
Seguro que todos ustedes saben lo que es un déjà vu. Eso es lo que yo creí estar viviendo la noche del miércoles 11 de abril a eso de las once de la noche. Equivocadamente, claro, porque aquello no fue una experiencia que yo creí, equivocadamente, haber vivido con anterioridad, no. Aquello lo viví realmente y no hacía tanto tiempo.
A continuación les traigo un extracto de algo que escribí para los amigos de Meritocracia un día de diciembre de año de 2016. A ver a qué les suena.
Anatomía del antimadridismo
……..
Ahora con su permiso me explayaré un poco más. El caso lo merece. El Mundialito y el peculiar caso del manolismo, versión lamamista. “¡¡S’ha tirao, s’ha tirao!!”, clamaba y berreaba Manolito, mientras narraba el partido del Madrid contra los japoneses.
Lucas Vázquez acababa de ser atropellado, dentro del área, por un simpático japonés con nombre de moto. Manolito no pudo reprimir su instinto primario y eructó lo primero que le salió de las entrañas. Manolito estaba viendo lo que todos ustedes y yo: Lucas emparedado entre dos simpáticos japoneses y poco más.
Para ver con detalle lo que en realidad pasó, había que haber estado justo donde estaba el árbitro (o en los alrededores) o esperar la repetición. A Manolito le traicionó el subconsciente y gritó lo que cualquier forofo grita al árbitro de turno al atisbar la posibilidad de que éste pite algo en contra de sus intereses.
Lo he visto muchas veces en el Bernabéu, “¡¡árbitro, penarti!!”, “¡¡árbitro, la hora!!” o el mucho más prosaico “¡¡árbitro, joputa!!” y similares. Gritos de forofos angustiados y horrorizados. Más que una reclamación, el Manolito parecía estar suplicando: “por favor, no lo pites, no lo pites, no me amargues el día”. Pero el árbitro sí lo pitó.
El manolismo se caracteriza por dar rienda suelta a sus instintos primarios aprovechando las retransmisiones en directo. Y tienen una gran clientela por motivos obvios.
La desgarradora exclamación de Manolito advirtiéndonos de que Lucas «s’había tirao» fue seguida de comentarios variados de compañeros de Manolito de la redaccioncita de la Copecita, a mitad de camino entre la desolación y la rabia por tamaña injusticia.

Maldinito, posiblemente el ser vivo que más partidos de fútbol se haya visto nunca jamás, exclamó: “no me lo puedo creer”, seguramente porque lo que acababa de contemplar era un hecho insólito de toda insolitez. Maldinito buscó en su cerebro obturado por millones de partidos de fútbol y no encontró nada similar.
Ni tan siquiera en aquel Bután – Sri Lanka sub15. Un puñetero árbitro desconocido, pitando un penalti, ¡mecagüentó! “¡Qué vergüenza, qué vergüenza!”, se le escuchó a otro fulanito. Y así, todos ellos, periodistitas profesionales. Extraños sujetos comportándose como ultras forofitos incapaces de reprimir sus instintos. Incapaces de esperar unos segundos para ver la repetición de la jugada.
Y llegó la repetición. No vimos sus caras, pero nos las imaginamos. El «ejperto» arbitral se hizo el lonchas: “puede ser penalti”. Puede. (Añado: sus garbanzos).
Finalmente, amigos/as, observen la paradoja. Unos periofilfas españoles clamando y exigiendo justicia porque a un equipo español le habían, teóricamente, favorecido. Insólito. Observen otra paradoja, quizás aún mayor. Es muy posible que un resultado favorable del Madrid favoreciese los intereses comerciales de las empresas que les pagan. Pues ni por esas. Son las maravillas que solo el antimadridismo es capaz de conseguir.
……
O sea, que no es la primera vez ni será la última. Cambien fecha, cambien rival, cambien árbitro, cambien competición. La misma bilis, los mismos hideputas, la misma emisora, las mismas reacciones.
¿Qué extraños intereses compartían todos los de la redacioncita de la Copecita con aquellos simpáticos japoneses? Ninguno. Porque los japoneses querían ganar, los de la Copecita querían que perdiera el Madrid. Puede parecer lo mismo pero no lo es.
¿Qué extraños intereses compartían esos mismos (y muchos otros) con los italianos de la Juve a eso de las diez y media – once menos cuarto de la noche del 11 de abril? Exacto, los mismos que con los simpáticos japoneses. Ninguno. En realidad da igual el rival. Ellos no ven fútbol, no ven partidos, no ven competición. Ellos solo ven una cosa: el enemigo.
Ya todos saben la historia del Castañas. No nos repetiremos. Arremetió también Paquito Picaflor González, ese peculiar y extraño personaje que un 13 de marzo de infausto recuerdo se permitió el lujo, desde la SER, de alentar a las masas para que rodearan la sede de un partido político. Dijo Picaflor que aquello era un escándalo mundial. Ay Paquito, Paquito…si escribiera lo que estoy pensando ahora mismo sobre escándalos…y picaflores. Pero lo voy a dejar estar.
Y fue penalti. Por supuesto que fue penalti. Y bastante claro, por cierto. Pero hete aquí que el resultado, hasta ese momento, era tan gozosamente inesperado por el antimadridismo que en sus putrefactas cabezas ya no cabía otra cosa que no fuera la esperanzadora prórroga en la que, naturalmente, la Juve nos daría matarile. No había otro escenario posible.
El Satanás del antimadridismo no había hecho más que mandarles señales: un gol legal anulado a Isco, un cabezazo de Varane al travesaño, Bufón con veinte años menos y Keylor…ay Keylor. No, no había otro final que no fuera el histórico ridículo del Madrid. Sencillamente, no podía ser. No, no y no.
La bilirrubina se disparató. De repente, y de modo inexplicable, todo cambió y las ansias acabaron en ataques de ansiedad. Solo quedó el derecho al pataleo. Es cómicamente fácil imaginarse al antimadridista de manual.
Empezó viendo el otro partido, el de la abyecta Loca los Campanarios. Un gol al minuto de empezar. Pensó que tal vez la noche traería alguna alegría. Ni se le pasaba por la imaginación lo que iba a ocurrir en el Bernabéu.

Hacia el minuto 20 cambió al canal donde ponían la eliminatoria del Madrid-Juve. Y se quedó a mitad de camino entre la sorpresa y la esperanza. A toda leche cambió de canal supersticiosamente, no fuera a ser que la mala suerte la trajera él mismo.
Siguió con el City y contempló como era anulado un gol legal a su adorado ídolo del lazo amarillo. Se indignó. La indignación se le esfumó cuando al descanso volvió a cambiar de canal y vio el 0-2. Aquello ya no era un amago de esperanza. Los nervios empezaron a consumirle. Le dijo a su esposa, la Reme, que no tenía hambre, que cenara ella con los niños.
Comenzó la segunda parte. Miraba el partido del City y el Liverpool, pero no veía nada. Él estaba a lo que estaba. Cada cinco minutos hacía un zapping express. Veía el marcador y cambiaba a toda pastilla. Se angustiaba porque pasaban los minutos y los inútiles italianos no marcaban el tercero. Ni siquiera fue consciente del gol del Liverpool que mandaba al portador del lacito amarillo a tomar por culo (con perdón).
Y en uno de esos zapeos llegó la gozadera. Y lo vio. Pegó un saltó de alegría que a él la pareció un tirabuzón carpado. A la velocidad de la luz volvió al City-Liverpool. Subió el volumen de la tv. No quería enterarse de un hipotético gol (probablemente del Madrid) por los berridos vecinales. Pasaban los minutos, le cayó el segundo al City y a él le dio igual. Aquello podía ser histórico. Sin duda, mucho más que el alcorconazo, muchos más que el leganesazo, mucho más que el odensazo y, por supuesto, mucho más sangrante que la tranca que los romanos le habían cascado a su primer equipo favorito (o segundo o tercero o cuarto, depende).
Contando los minutos, con la tele a todo meter, se acercaron las diez y media de la noche. Las once menos veinticinco. Se concedieron cinco minutos de rigor. Y entonces oyó un extraño clamor que no pudo identificar al alboroto de un gol. Era un sonido extraño.
Se le dispararon la tensión, la adrenalina, el colesterol, los triglicéridos y la bilirrubina empezó a chorrearle por las orejas. Creyó imaginar el cuarto de la Juve. Como un histérico al borde de un ataque de nervios intentó cambiar al canal adecuado. Sus dedos temblorosos no acertaron y apareció en un programa de cocina. Por querer subsanar el error a toda pastilla, se volvió a equivocar y apareció en un canal de Caza y Pesca. Se mandó a tomar por culo a sí mismo y, por fin, a la tercera, acertó.
Vio un tumulto de camisetas amarillas alrededor del árbitro. Vio a Bufón hecho un energúmeno. Y adivinó sus insultos. Y lo entendió todo. Y ya no pudo reprimirse. Y sin ver repetición (ni falta que le hacía) se lanzó a grito pelao: “¡hijos de puta, ladrones, chorizos, siempre robando, qué puta vergüenza!, ¡fachas!”…eso, lo más suave. Y siguió y siguió, hasta que Cristiano lanzó y marcó. El portugués también recibió su merecido.
Esa noche no pudo dormir. Lo que podía haber sido y no fue, le machacó el sueño. La indignación. La impotencia. Mientras la Reme roncaba, hasta una lagrimita de rabia se le escapó.
El antimadridismo es así. Efectivamente, nunca lo entenderemos, porque para el antimadridista lo primero es saciar su odio, lo secundario es la victoria de su equipo. El antimadridismo siempre celebrará más una derrota del Madrid que una victoria de su favorito y, en cualquier caso, una celebración por una victoria siempre será tomada como una excusa para atizar a su odiado enemigo. Ya saben: «¡Madrid, cabrón, saluda al campeón!», o aquello de «¡…contigo empezó todo!».

El claro penalti fue una crueldad jamás vista. Ni siquiera lo del 92:48 se le aproxima. Y así se lo tomaron. Dio igual que las imágenes fueran cristalinas. La crueldad del asunto no estaba en la claridad de la jugada. La crueldad estaba en el cúmulo de expectativas que se habían ido por el sumidero. Era el Nirvana, la Tierra Prometida, Sangri-La…qué sé yo. Todo a la mierda porque a un guiri se la había ocurrido pitar aquello.
Las reacciones posteriores todos las conocen. Y a fuer de ser sincero, les reconozco que las entiendo. Era demasiado goloso. Era demasiado bonito. Era el sueño húmedo de cualquier antimadridista…y no se engañen ustedes, si el gol hubiera sido el producto de un zapatazo de Cristiano desde fuera del área en el mismo minuto 92, no crean que su frustración hubiera sido menor.
Y deberían estarle agradecidos a Mr. Oliver (no confundir con Mr Rabillo Oliver), porque el claro penalti les ha servido para dar rienda suelta a su comportamiento de locas histéricas.
Dos argumentos fueron manejados para justificar su indignación: el de la fuerzainsuficiente y el de la extemporaneidad. Los árbitros ingleses, obviamente, no conocen ninguno de esos dos principios alegales. El primero se lo debemos a un personajillo (literalmente) de voz ridícula, Mr. Rabillo: «No hay contacto suficiente para decretar la pena máxima, Benatia llega a tocar incluso el balón». Sí, sí. Dice Rabillo Oliver que Benatia tocó el balón.
La fuerza insifuciente le sirve a él para acercar la realidad a lo que a él le sale de sus cojoncillos. De este modo justifica que un intento de agarrón sea penalti: “El jugador del Depor agarra al jugaor del Aleti y lo desequilibra, penarti” y, por el contrario, lo del miércoles 11 de abril, no. Y todo ello, a pesar de que Benatia le puso a Lucas la bota casi a la altura del gaznate.
El segundo argumento (extemporaneidad) es, si cabe, todavía más ridículo que el primero. Y vale para lo mismo: para acercar la realidad a los deseos de cada cual. Desde el “no se puede pitar porque es demasiado pronto” al “no se puede pitar porque es demasiado tarde”. Con dos cojones. Este argumento no tiene padre putativo, aunque al primero al que se lo escuché fue a un argentino de esos que lo mismo te parlotean sobre el mercado de futuros financieros como del último grito en crecepelos. Ya saben.
Pichurrín Iturralde también dijo que no fue penalti. Tampoco nos sorprende, la verdad. Pichurrín es ese álbitro de fúrgol con el que el Madrid perdía más que ganaba. Pichurrín, autor de esta genialidad, sin paragón. Echen su memoria unas cuantas semanas atrás y visualicen la jugada:

Observen la desfachatez, cinismo y jeta de Pichurrín: “Le empuja con el cuerpo por detrás…” ¡Vaya!…como poco poquísimo, igualico que lo de Benatia a Lucas. Cambien las jugadas. Elucubren que Nacho le hizo a Molina lo mismo que Benatia a Lucas. ¿Qué hubiera dicho Pichurrín? Imaginen que Benatia le hace a Lucas lo mismo que Nacho a Molina. ¿Qué hubiera dicho Pichurrín? Lo más triste de todo es que todos sabemos perfectamente lo que hubiera dicho. Y él, por supuesto, también. Los garbanzos.
A semejante argumentario se fueron añadiendo un sinfín de mangutas, bebecharcos, descalzaperros, pelanas, mastuerzos, desahogaos, vividores y tuercebotas. Y todos, como perros rabiosos echando espumarajos y al borde del ataque de nervios.
Observen ustedes también la curiosa coincidencia, Rabillo y Pichurrín, Pichurrín y Rabillo…o lo que es lo mismo, el As y el Marca, el Marca y el As. Dos panfletos “madridistas”. Y detrás de todo este ejército, la sospecha…¡qué cojones!…de sospecha nada…¡la certeza! de que si eso se lo pitan a favor de España en unos cuartos de final de Eurocopa o Mundial, es penalti y expulsión, no me jodas Rafa.
Lo saben todos ustedes, lo sé yo y lo saben ellos. Y por supuesto lo sabe Paquito Picaflor González, cuando dijo que si ese penalti es pitado en contra de un equipo español hubiéramos montado la mundial. Picaflor, manipulador. Ese no era el razonamiento. El razonamiento era, ¿qué hubiéramos hecho si ese claro penalti hubiera sido pitado a favor de otro equipo español o a favor de la Colorá? Todos volvemos a saber. Es una obviedad.
Abundemos en otro aspecto. Hablamos de una simple jugada que, apurando mucho, mucho, mucho o muchísimo, podemos catalogar de dudosa, tal y como el ex-caballero Bufón ha reconocido recientemente. Porque no fue un cúmulo de despropósitos. No fueron dos penaltis regalados, más el añadido de otros dos perdonados. Tampoco se le añadió, al catálogo de atrocidades, alguna posible expulsión local, no. Fue una cristalina y simple jugada. Sin más.
Es muy difícil asumir que toda esta histeria de teenagers despechados se deba a una simple jugada. Hablemos de obviedades. Toda esta hostilidad de macarra de Entrevías solo tiene una razón: las expectativas incumplidas. Y, por supuesto, jamás hubo (ni habrá) escándalo mundial…por mucho que hayan arrimado el ascua la abyecta Loca los Campanarios y la abyecta Cope, seguidos de otros secundarios.
Después vino lo de Isco, al que todos suponemos que, en su ejercicio profesional, debió sentarle como patada en bolsa escrotal que fuera tratado como un puto ladrón. A continuación, los fuegos artificiales. Los autores de encuestas como estas:

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o de afirmaciones del tipo de “Zidane, el que no ganó a La Roda”, “si yo fuera Isco, le partía la crisma a Bale”, “el Coletas”, “¡pero qué tonto es Arbeloa!”, “Mourinho, el nazi que atropellaba viejas y se daba a la fuga”, “Mourinho, gilipollas”, se enfadaron mucho y se pusieron muy estupendos. Ellos pueden faltarle al respeto a cualquiera, incluso pueden humillar mendigos, pero ¡ay amigo! como se te ocurra insinuar el más mínimo reproche…
Después siguió el benévolo montaje de RMTV pues comparaba situaciones incomparables, porque lo del aytekinazo no tiene comparación alguna, salvo, quizás, con el ovrebazo. Y la histeria entró en combustión. Castañuelas intentó explicarse y más le valdría haberse cosido la boca con sedal porque lo que vino a reconocer dice muy poco de su nivel intelectual y dice mucho de la dizque profesión.
Lololama (Lolola para los amigos) dejó caer que los trabajadores de RMTV eran unos ganapanes, Paquito Picaflor y el fino estilista Policarpo Trincón quisieron pasarle factura a Isco por no celebrar un gol. De aquello de buscar la verdad para contarla, ná de ná. De aquello de investigar, ná de ná.
Por cierto, en el equipo habitual figura Banalizado Palomares. Aquel tipejo que, en cínico acto de contrición, se preguntaba en qué momento habían perdido el norte. ¡¡Él!!, ¡¡el autor de Mourinho atropellando viandantes y dándose a la fuga!!
El chisme, el cotilleo, el alcahueteo, el comadreo, el fisgoneo y el cuchicheo elevado a la categoría de profesión. Años de universidad, más algún inconfesable máster y todo para dedicarse al noble arte de cotillear sobre lo que hacen otros, para, si pueden, extorsionarlos o, si no, abrirlos en canal.
¿Por qué se enfadaron tanto? ¿Qué oscuro interés se oculta detrás de su vesícula biliar? Muchas veces he pensado que todo es una pose para avivar la polémica y ganar oyentes y lectores, pero hete aquí que la eliminación del Madrid hubiera supuesto una pequeña debacle en el interés comercial de sus empresas, entonces caigo en la cuenta de que son asín. Y asín se morirán.
¿Ustedes creen que a una persona normal se le hubiera ocurrido humillar a un mendigo en una conexión en directo? ¿Acaso no hace falta ser un tarado mental para organizar aquello de la Ouija? ¿No es cierto que sólo un imbécil con ínfulas es capaz de perpetrar lo de la Hernia? ¿Se pueden dar lecciones de moralidad cuando se la estás pegando a tu mujer con una loca de atar?
¿A qué cabestro se le ocurre acusar a alguien de atropellar viejas y darse a la fuga, simplemente porque te cae mal y, lo peor, dejar la cagarruta por escrito? ¿A qué cernícalo se le ocurre calificar de cavernícolas a los habitantes de la ciudad donde vives y trabajas?
¿Cuántos de ustedes se han quedado sobados en su trabajo? ¿Cuántos de ustedes se han presentado a trabajar borrachos como cubas? ¿Una persona normal se lía a hostias en un partidillo de interempresas y después puede predicar contra la violencia? ¿Algún periodista honesto (de haberlo) acusaría a otro de manipular, mientras él manipula portadas e información a ojos vistas de todo el mundo?

¿Se puede dormir tranquilo sabiendo que tú has sido el causante del despido de un par de decenas de trabajadores de la empresa que te ha contratado? ¿Cuántos insultos han oído ustedes de las bocazas de todos estos?
Así a bote pronto: «guiñol», «Monchito», «nazi», «lisiado», «gilipollas», «tronco», «cono», «El Coletas», «empanao», «niñato», «tonto», «chulo», «macarra», «provocador», «egoísta»…¿ustedes tendrían el morroestufa de pedir respeto para su profesión después de esto?
Gente extraña en el peor sentido de la palabra. Resulta difícil encontrar en cualquier otro colectivo profesional un nivel parecido de bazofia, miseria, ínfima profesionalidad y tan baja calidad humana.
Díganme un solo colectivo profesional en el que se dé cabida, dineros y fama a engendros como Roncero, Manolete, Lolola o el Pipi Estrada. Sería como poner al frente del Servicio de Oncología del Gregorio Marañón a la bruja Lola. Ese es nivel. Obsta decirles que el ejército de alcahuetas salió en tromba a defender al Castañuelas, Paquito Picaflor y Lolola. Hoy por ti mañana por mí. Defienden su miserable forma de vivir y de arrimar los garbanzos a su plato.
No me puedo resistir a hacerles una reseña de otra teoría que explicaría el porqué de toda esta mugre. Escuché hace un par de días un podcast de un periodista llamado Walter García y que trabajó en La Cope hasta que llegó el equipo de Picaflor y se lo ventiló junto a otros tantos.
En dicho podcast WA dejaba caer cosas mucho más feas, pero no incompatibles con lo dicho hasta ahora. Hablaba del interés de los periodistas en las agencias de representación de jugadores. Y contó el caso concreto de un jugador que, al parecer, un par de afamados y reseñados periodistas quiso colocar en el Racing, vayan ustedes a saber por qué (ironía on).
¿Y si todo el “escándalo mundial” de Castañuelas no fuera más que una respuesta desabrida en plan vengador por algo que no conocemos? Eso explicaría por qué unos sí y otros no. Eso explicaría insultos, humillaciones y vejaciones. Eso explicaría el baboso peloteo indisimulado. Conste que no afirmo, pregunto. Que ya nos conocemos.
En cualquier caso, y acabo, se oculte lo que se oculte, les da de pleno un par de cosillas con lo que acabo este triste relato.
Hace unos días leí una breve reseña de un señor que se llamaba Riszard Kapuscinski, periodista, ensayista, poeta, historiador y novelista. Seguramente muchos de ustedes le conocerán. Decía este señor, entre otras muchas cosas, que para ser buen periodista era imprescindible ser una buena persona. Es la condición necesaria.
A Ben Bradlee le debemos aquello de que el periodismo consiste en buscar la verdad para contarla. Es la condición suficiente.
O sea, un periodista de pies a cabeza es aquella buena persona que se dedica a buscar la verdad para contarla. Pienso en Lolola. Pienso en lupanares. No sé por qué…
