El caballero de la triste figura

La vida vuelve a ser rosa en Concha Espina. Con la confirmación de Santiago Solari como entrenador del primer equipo hasta 2021 (decisión que se me antoja precipitada, pero que sólo el tiempo podrá confirmar su acierto), los blancos parecen haber recuperado su mejor versión, con un considerable incremento del acierto cara a puerta y recuperando una idea de fútbol que, a priori, parecía perdida.

Pero sería injusto no hablar de su predecesor. No voy a analizar en profundidad los numerosos errores de Julen Lopetegui en el banquillo del Real Madrid (en esta santa casa hay plumas mejor preparadas para ello), pero su marcha me ha creado una mezcla de sentimientos encontrados que nunca había sufrido con la marcha de ningún otro técnico.

Podemos estar de acuerdo en que el destino de Julen Lopetegui se cerró, irónicamente, tras una victoria: el 26 de agosto de 2018, en el estadio de Montilivi, con ese 1-4 que el Real Madrid le endosaba al Girona. Al día siguiente, el titular no estaba en el maravilloso juego desplegado por los merengues, sino en el enfado de una de las “vacas sagradas” al ser sustituida.

Nadie discute, tampoco, el pésimo estado en el que numerosos jugadores “intocables” han empezado la temporada, y las numerosas lesiones sufridas por la plantilla sólo han confirmado ese extremo.

¿Responsabilidad de Julen al dejar de lado a Antonio Pintus en la preparación física? Posiblemente; pero nada justifica la campaña de “mierda al ventilador” (con perdón del lector) con la que se levantó durante los días siguientes.

JLo, como gustaba llamarle “Twitter Madrid” fue un entrenador condenado desde el comienzo, una suerte de Don Quijote de los banquillos.

Las lamentables circunstancias que rodearon su contratación por el Real Madrid, con el presidente de la RFEF actuando como un niño de 14 años al que le quitan su juguete y pillan mintiendo, y con el gran huracán de basura levantado por la prensa de Madrid (que no madridista) hicieron que, una tarea per se compleja como es entrenar al Real Madrid, se convirtiera en la lucha del personaje de Cervantes contra los molinos.

Los nunca ganadores del Pulitzer esperaban cualquier tropiezo para desatar el vendaval hasta provocar su despido y así engordar sus ya tradicionales colecciones de tonterías contra la institución blanca (y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, hacer de agencia de colocación para sentar a cualquiera de sus amigos en el banquillo blanco).

Durante los últimos partidos, y especialmente en el último Clásico, vimos los frutos de todo ello: un Julen de triste semblante, sin ideas, con una parte importante de la plantilla (quizás no por número, pero sí por peso dentro del club, en todos los sentidos) enfrentada a él, con unos medios cainitas que esperaban verle caer y con un caos mental fruto de su incapacidad de encontrar una idea efectiva para hacer jugar al fútbol al equipo.

De la misma forma que nunca entenderé demasiadas de sus decisiones (mayor personalidad a la hora de lidiar con los “intocables” del equipo, su defensa a ultranza de una idea de fútbol caduca y desfasada o su rechazo a emplear los valores jóvenes de las categorías inferiores), no se puede negar del compromiso del vasco al mando del primer equipo.

Julen fue obligado a dejarlo todo para cumplir su sueño, de la misma forma que la directiva se vio obligada a dejarle a él para garantizar la pervivencia deportiva del equipo esta temporada.

Ha habido, como cuando Don Quijote fue obligado a quemar sus libros de caballería, sacrificios muy grandes por ambas partes, pero emulando a Alonso Quijano (al menos, a día de hoy), la despedida del de Asteasu fue sin una mala palabra hacia nadie, discreto, y por la puerta de atrás.

De la misma forma que nadie agradece a la figura cervantina su contribución al mundo de la estrategia militar, nadie agradecerá a Lopetegui su contribución deportiva al Real Madrid, pero, irónicamente, tanto en el fútbol como en la literatura, hay más cosas que fútbol o libros.

Como Don Quijote, defendiste una idea que ya estaba desfasada cuando llegaste. Mucha suerte allá donde vayas, Julen, y que encuentres la paz que aquí dejas con tu marcha.

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