Bochornoso estreno en Champions

Nací a finales de los 80. Como tantos madridistas, pertenezco a una generación que no está condenada a la gloria como lo está la de mi abuelo, que ha visto las 13 y a Don Alfredo en vivo.

Es cierto que los de mi quinta hemos disfrutado mucho del caramelo del éxito, aunque siempre o casi siempre se nos ha quitado de la boca poco tiempo después de empezar a disfrutarlo. Y no ha sido con transiciones dulces ni con guante de seda. No. Los ciclos en el Madrid se acaban con un martillazo en los dientes, en forma de experiencias traumáticas que han contribuido a crear una fuerte corriente vinagre entre muchos de mis coetáneos, a la que por qué no decirlo, me he sumado en ocasiones.

Ayer en Valdebebas nuestros chavales tuvieron a bien darnos una nueva lección de humildad con un profundo tufo a final de ciclo. Esta vez, a manos de un equipo ucraniano plagado de bajas, sin grandes nombres ni solera, los muchachos de Zizou nos torturaron con una de esas actuaciones que por su preocupante frecuencia en la era post-Cristiano y su obscena comicidad, muchos hemos dado en bautizar como “pecheo”. Pero no cualquier pecheo.

De entrada, porque significó la sexta derrota en los últimos 7 duelos caseros en competición europea, con el agravante del patinazo bochornoso ante el recién ascendido Cádiz el pasado sábado. La imagen ofrecida por el equipo en la primera parte de ayer fue sencillamente incalificable, y en la segunda, aunque se rozó el empate con el Shakhtar ya encerrado atrás, no mejoró demasiado.

Muy pocas ideas positivas pueden extraerse de una debacle como la de ayer, a nivel de plantilla, de dirección de campo y de mentalidad colectiva. Atrás quedaron aquellos días en los que un resbalón se arreglaba con dos fogonazos. El equipo y el “plan” de Zidane se muestran completamente planos e incapaces de generar ya no gol, sino ocasiones, ante ningún rival, sea del nivel que sea. Tenemos problemas y nadie ahí dentro parece estar por la labor de tomar las decisiones que hacen falta para resolverlos.

El Madrid se encuentra en un lío que tiene difícil solución, pues no solamente está enfermo sino que parece que no lo sabe. Y no es de ahora. Zidane, que a pesar de que se le haya atribuido nunca prometió revoluciones, sigue confiando ciegamente en jugadores prejubilados que darían el cante en cualquier liga de medio pelo, sobreprotegiendo y mimando a viejas glorias, a la vez que arrincona el talento joven de que dispone. Ese es su plan y siempre lo fue.

Funcionó en su día, sí, pero en un contexto muy diferente en que a los Marcelo, Isco o Modric, por ejemplo, les daban las piernas (y en el caso de Isco las ganas) para devolverle el crédito prestado.

La nave va hacia el iceberg y el capitán no parece dispuesto a girar el timón. Los jugadores, por su parte, se muestran totalmente bloqueados y huérfanos de confianza. Pocas son las excepciones que mantienen un nivel aceptable con regularidad y ni los veteranos están dando la talla ni las incorporaciones, quizá por la falta de oportunidades, logran dar un salto de calidad.

Jornada tras jornada, las únicas fotos dignas de enmarcar son las de Courtois, en la mejor forma de su carrera, y Vini Jr., que se se mata por aprovechar cada oportunidad que se le presenta. Todo lo demás está un día bien, dos regular y tres mal, en el mejor de los casos, y eso no da para competir por nada.

Llegados a este punto, lo único que cabe esperar es que ayer se tocase fondo y solamente quepa mejorar, teniendo en cuenta el reto que supone el Clásico del próximo sábado en Barcelona.

Ojalá el cuerpo técnico recapacite, abandone la vía de la palmadita en la espalda y comience a explotar de verdad el potencial dormido de la plantilla. Ojalá los jugadores tengan el suficiente amor propio para levantar esta situación en el campo y superar al eterno rival. Ojalá mi próximo post venga motivado por una alegría y no por un cabreo de mil demonios. Ya queda poco. Que no decaiga.

¡Hala Madrid!

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